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lunes, 30 de mayo de 2016

Titubeo del FMI

Titubeo del FMI 

León Bendesky 

Un titubeo ha movido las firmes creencias que profesa el FMI acerca de cómo funciona la economía y de las políticas públicas que deben aplicarse.

En el número de junio de la revista Finanzas y desarrollo se publicó una breve nota con el título: "Neoliberalismo: ¿Sobrevendido?" Ahí se afirma que hay mucho que celebrar del contenido y los resultados de la agenda neoliberal, que es básicamente la suya.

Ésta se sostiene, según los autores, en dos plataformas que son, primero, la ampliación de la competencia mediante la desregulación y la apertura de los mercados, incluyendo el financiero y, segundo, el menor tamaño del Estado que resulta de la privatización y de la reducción del déficit fiscal y de la capacidad de endeudamiento público.

Las premisas son prácticamente iguales al planteamiento original del conocido como Consenso de Washington, surgido en 1989. Tanto el contenido de las dos plataformas citadas en el texto, como el decálogo de aquel Consenso son bastante conocidos en México, donde se han impuesto durante un largo proceso que abarca desde la década de 1980 y sigue siendo hoy mismo la base de la política económica y de las reformas que se han promovido.

No pudieron estos funcionarios del FMI evitar comenzar su planteamiento con una referencia a Milton Friedman, un importante inspirador del neoliberalismo, que en 1982 consideró a Chile un milagro económico. Es la concepción que se tiene de la economía como una cuestión técnica, como un asunto de fontanería que poco tiene que ver con la política y sus extremos, sean el autoritarismo o el populismo.

Luego de ofrecer un listado exaltado de los nobles efectos de las políticas neoliberales, sin importar las crisis recurrentes y el hecho de que la más reciente de 2008 precipitó una fuerte recesión que aún no se supera, se admite que hay algunos aspectos en los que dicha agenda no ha cumplido como se esperaba.

Se trata de dos tipos de políticas (es más fácil, al parecer, presentar las cosas por pares), una es la remoción de las restricciones al movimiento de los capitales entre los países, y la otra es lo que llaman la consolidación fiscal, es decir, la reducción del déficit y del endeudamiento. Esto, en castizo, quiere decir la imposición de la austeridad como modo de control social. El caso de Grecia es, ahora, sólo uno de los más sobresalientes. Una vez más, México es otro ejemplo.

En el texto se señala que de la primera de esas políticas no puede concluirse que haya un efecto positivo en cuanto al crecimiento del producto. Esto ocurre, especialmente, en el caso de los movimientos de corto plazo de los capitales que generan ajustes con fuertes distorsiones en las economías que los reciben y son altamente especulativos. Pero esto no es noticia, pues ya han ocurrido varias crisis en más de 30 años asociadas con estos flujos. Ahora se cita en el texto a uno de las más influyentes economistas del FMI y que es vicepresidente de la Reserva Federal, Stanley Fischer, que ha cuestionado abiertamente la utilidad de ese tipo de flujo de capitales. Hay algo de sorna en todo esto.

Se admite, en cambio, que sí son prominentes los costos de las políticas neoliberales en cuanto a la generación de una mayor desigualdad económica, lo que provoca un apocamiento del nivel y la sustentabilidad de la expansión productiva, que es el objetivo primordial de las medidas neoliberales. Otra vez, la experiencia de México es muy clara y hoy se advierte de nueva cuenta en la llamada volatilidad financiera que afecta al tipo de cambio y que se puede extender pronto a las tasas de interés y a la inflación. Todo esto sin que aumente el potencial de crecimiento económico.

Es muy forzado el argumento de estos funcionaros del FMI, al intentar separar lo que consideran que es muy afortunado de las políticas neoliberales, de lo que ahora toman como secuelas negativas. Lo que se evita a toda costa es tratar las medidas como un todo y admitir abiertamente que la apertura económica acarrea dislocaciones en los mercados laborales, en las corrientes del comercio internacional. Igualmente sucede en los flujos de capitales y la asignación de los recursos para la inversión.

Una expresión del proceso está en las crisis especulativas, las trabas al crecimiento, la disfuncionalidad del Estado, la mayor desigualdad y la confrontación social. Francia es hoy el escenario de un abierto conflicto entre los sindicatos y el gobierno socialista de Hollande.

Lo que concluyen los autores es que se requiere una valoración más matizada de la agenda neoliberal, donde quepan algunos tipos de controles y una reconsideración de los ajustes fiscales y del endeudamiento público a mediano plazo. Ajustes, estos, que fortalezcan la multicitada agenda. Y el remate es una expresión del desarreglo y confusión en los que se debate la disciplina de la economía en su forma más convencional, sobre todo desde 2008, pues se dice que: "Los responsables de las políticas económicas y las instituciones como el FMI que los asesoran, deben guiarse no por la fe, sino por las evidencias de lo que ha funcionado bien".

Se pretende edulcorar el modelo neoliberal con algunos acoplamientos que no rasguen sus fundamentos y sin descartar los elementos esenciales de la agenda neoliberal. Habría entonces que dejar la fe para ver, en cambio, lo que funciona mal. Este es apenas un leve titubeo en el templo del FMI.

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