sábado, 23 de noviembre de 2013

En la tierra natal de Calles: ¿Juntos pero fritos? Ignacio Almada Bay

01/08/1997
En la tierra natal de Calles: ¿Juntos pero fritos?
Ignacio Almada Bay ( Ver todos sus artículos )
 
Ignacio Almada Bay. Investigador de El Colegio de Sonora.
1. La tarea de cuadrar números. De las siete diputaciones federales que corresponden al estado de Sonora, tres (San Luis Río Colorado, Hermosillo Norte y Hermosillo Sur) fueron para el PAN, dos (Ciudad Obregón y Navojoa) para el PRD y dos para el PRI (Magdalena y Guaymas). Según datos del IFE, de una votación total de 749,252 sufragios, correspondió el 36.8% al PRI, 30.2 al PAN y 27.2 al PRD. El PAN concentró sus votos en el norte de la entidad, a partir de Hermosillo y el PRD al sur, a partir de Guaymas. El PRI quedó como segunda fuerza en los distritos que perdió.
La votación por el senado (750,116 sufragios) se repartió así: 36% PRI, 32% PAN y 26% PRD. El 60% de la lista nominal de electores (1,223,111) acudió a votar, contra el 77% en 1994.
De acuerdo con las cifras del Consejo Estatal Electoral (CEE), del total de votos válidos (no se ofreció el número de anulados) para la gubernatura (737,175) toca el 41.3 % al PRI, 32.4 al PAN y 23.2 al PRD. El contraste con los votos por los candidatos a la gubernatura en 1991 y en 1985 es mayúsculo: PRI, 64 y 70%, PAN 24 y 27%, PRD, 3%.
Según los datos recolectados por los colaboradores del diario El Imparcial en las casillas, el total de votos válidos por la gubernatura, menos los votos de las casillas especiales (10,738), fue superior en once mil votos respecto al total de los votos por las presidencias municipales, la elección que tradicionalmente importa más a la generalidad de la población (727,897 vs. 716,709) y donde la cosecha del PAN y PRD fue mayor: el 42.6% de la población de la entidad reside en los 17 municipios ganados por el PAN, el 40.9% en los 9 obtenidos por el PRD y el 16.5% en los 45 encabezados por el PRI. Al parecer, el 7 de julio Sonora amaneció con un electorado sofisticado, que vota salteado y ya no de corrido.
2. Nueva geografía política. Los distritos de Magdalena y Guaymas que ganó el PRI tienen la mayor porción de área serrana de la entidad y ahí se encuentra la mayoría de los ayuntamientos pequeños que ganó dicho partido y las dos alcaldías principales que obtuvo (Nogales y Agua Prieta). De Alamos a Agua Prieta, toda la frontera de Sonora con Chihuahua -la Sierra Madre y sus faldas- está en manos de municipios obtenidos por el PRI. En este rumbo se halla el único municipio alcanzado por el PT: Fronteras.
La faja costera se partió en dos, de la capital, Hermosillo, a la línea con Arizona, ganó mayormente el PAN y del puerto de Guaymas a la frontera con Sinaloa avasalló el PRD.
La Sonora urbana queda en manos de la oposición. De los once municipios que concentran el 85% de la población total de la entidad, sólo Nogales (6.4%) y Agua Prieta (2.6%) están en manos del PRI. San Luis Río Colorado (6.3%), Caborca (3%) y Hermosillo (27%) fueron ganados por el PAN. Guaymas (6.5), Empalme (2.3), Cajeme (17%), Navojoa (6.5%), Etchojoa (3.7%) y Huatabampo (3.6%) por el PRD.
3. Estas son las elecciones más reñidas y repartidas en la historia de Sonora. Nunca el PRI había gobernado menos habitantes y menos municipios ni obtenido menor número de diputaciones locales (nueve contra seis del PAN y seis del PRD) y federales. Ni alcanzado por menor margen la gubernatura. Nunca las dos fuerzas opositoras principales habían crecido tanto y simultáneamente. La composición del congreso local, refleja esta nueva distribución de los votos: catorce diputados por el PRI, diez por el PAN y nueve por el PRD, dado que se agregaron cinco, cuatro y tres diputados respectivamente por mayoría relativa.
4. Sorpresa dio el PRD que por vez primera gana diputaciones locales y federales por mayoría en Sonora y porque su candidato a la gubernatura "pintó", al tiempo que premió con candidaturas a perredistas de talacha y cobijó recién llegados vía candidaturas "externas", lo mismo un líder del movimiento católico del Espíritu Santo para alcalde de Navojoa que al líder del sindicato del IMSS en la entidad para diputado local (ambos ganaron). Lo que no ocurría para la izquierda desde las elecciones de 1949, que fueron muy peleadas entre el candidato del Partido Popular, el líder campesino y ex diputado del PRM Jacinto López y el del PRI Ignacio Soto, que lo había sido todo. El PP y Jacinto siempre alegaron fraude.
El candidato perredista Jesús Zambrano, diputado federal con licencia, exguerrillero que cayó en prisión en los años setenta, proveniente de Corriente Socialista antes de fundirse en el PRD, lució en campaña, aglutinó las corrientes internas y recibió un buen espacio por parte de los medios, incluidos los diarios afines a la Secretaría de Gobierno del Estado.
Sorpresa dio el PAN, con su candidato Enrique Salgado Bojórquez, miembro de una célula del Partido Comunista Mexicano en la primera mitad de los años sesenta, egresado de la Escuela Nacional de Economía de la UNAM, obtuvo una maestría en Ann Arbor, empresario de productos de concreto, organizador de dilatadas cabalgatas que siguen las pisadas del padre Kino, oficial mayor del PAN en la campaña de 1991 y presidente del Centro Empresarial del Norte de Sonora (CENS) 1993-95.
Elegido por el CEN del PAN como candidato, desplazó a Adalberto Rosas, el candidato de 1985 y conocido exalcalde de Cajeme y excandidato en 1985, como parte de una estrategia para "recuperar" al panismo sonorense para el CEN y retirar panistas identificados con la administración de Manlio Fabio Beltrones Rivera, gobernador de la entidad. El candidato Salgado y el delegado del CEN, el diputado federal chihuahuense Manuel Espino recibieron un tratamiento ofensivo del canal de televisión del gobierno del estado (Telemax) y de los diarios próximos a dicho gobierno.
Los resultados recompensaron la opción tomada por el CEN panista: Salgado obtuvo uno de cada tres votos oficialmente registrados, a pesar de haber sido un desconocido en varias regiones de la entidad al principio de la campaña y de la guerra sucia en su contra desplegada en los medios paraestatales, triunfaron buena parte de los candidatos panistas seleccionados por el CEN como Jorge Valencia ahora alcalde electo de Hermosillo y Héctor Larios, que de diputado local pasa a federal por el distrito "Hermosillo sur", además de otras posiciones alcanzadas por candidatos surgidos de convenciones. El PAN es el único partido en la entidad, en pugna con el gobernador Beltrones y que se proclama "desbeltronizado" desde septiembre pasado, cuando el CEN designó una delegación que supliera al Comité Directivo Estatal que presidía Roderico Tapia, que luego resultó candidato del PT a la alcaldía de Hermosillo.
Sorpresa dio el PRI, que, sin desbaratarse, remontó el "factor Colosio" -con su secuela en los medios de "crimen no aclarado" y en Sonora de expectativas no cumplidas en cuanto a oportunidades de carrera política y de inversiones-, apechugó la negra telenovela de Raúl Salinas, la crisis económica desatada con el error de diciembre -nunca se había sentido aquí una crisis tan pesada- y la colocación de Sonora en el mapa del narcotráfico internacional, y presentó un candidato, Armando López Nogales, que había sido diputado local y federal, senador y presidente del CDE en el momento de su designación. López Nogales, nativo de Cananea, miembro del PRI desde 1968, abogado de la Universidad de Sonora, hizo carrera en la CNC, trabajó con el gobernador Alejandro Carrillo Marcor -cuya gestión caracterizada por conciliadora y honrada, al paso del tiempo, crece- y venía caminando junto a Luis Donaldo Colosio desde 1985. La versión optimista que corre de López Nogales es que pudiera administrar como Carrillo Marcor y pudiera llevar a la práctica los planteamientos de campaña de Colosio.
5. Si la votación trajo sorpresas, la campaña por la gubernatura pareció una película ya vista. Como en las elecciones presidenciales de 1994, no hubo topes de campaña para el PRI, el comportamiento de los medios, a excepción de El Imparcial, fue a favor del PRI, incluida la cadena de periódicos de Faustino Félix Escalante, hijo del exgobernador Félix Serna y candidato priísta a diputado federal por Cajeme y circuló, tolerada por las autoridades, propaganda apócrifa contra candidatos del PAN.
La apuesta del gobierno de Manlio Fabio por las obras públicas falló. No arrojaron dividendos electorales. En los municipios que más concentraron y lucieron inversiones públicas y privadas canalizadas por esta administración, la oposición triunfó, como la capital y Guaymas, o los retuvo como San Luis. Sólo Agua Prieta volvió al PRI y Peñasco seguirá bajo administración priísta.
El golpeteo de los medios paraestatales al PAN antibeltronista fue correspondido: hubo tramos de campaña cuya posición central fue ocupada por el gobernador Beltrones en ásperos intercambios con Salgado. Incluido el 6 de julio, la guerra en los medios continuó de manera estridente, con desplegados a favor y en contra de la obra de gobierno de Beltrones, con acusaciones, en la víspera, del PRI, que no ha comprobado, al PAN por una supuesta compra de centenares de sprays lacrimógenos.
6. Balance. Hace seis años, la oposición ganó dos municipios, donde residía el 5% de la población de Sonora, ahora obtuvo 27, donde vive el 83%. Con estas cuentas, es probable que la rápida carrera política de Manlio Fabio Beltrones encuentre un recodo, por lo pronto.
El Código Estatal Electoral, aprobado antes del Cofipe, y que fue magnificado en la prensa local, no ofreció un terreno de juego tan nivelado como el del Código Federal. Se prestó a controversias y el Consejo Estatal Electoral fue visto por varios partidos de oposición como una antesala de la Secretaría de Gobierno. No logró lo que el IFE y el Cofipe: sacar al gobierno de la organización de las elecciones en los hechos y en la imagen.
En vísperas del 6 de julio, el CEE lanzó una rápida respuesta al organismo Conciencia y Voluntad para que no circulara sus volantes donde llamaba al voto, mientras que nada hizo para censurar al Director de Alcoholes del Gobierno del Estado, un connotado expanista, que hizo llegar a los cuadros del PAN en esos días un llamado para que no apoyaran a Salgado, ni tampoco hizo por parar la propaganda apócrifa que perjudicaba al PAN. El CEE mantuvo el tabú de no abrir los paquetes electorales a petición de los partidos, mientras que en los distritos de Guaymas y Navojoa, los partidos se dieron vuelo abriendo paquetes del IFE durante el conteo. El 6 de julio volvieron los baches de la desconfianza en la elección local: fotos que retratan un forcejeo por un paquete electoral, bloqueos de casillas y de carreteras, las semanas siguientes.
El mensaje del electorado, a mi juicio, es compartir y coexistir pacíficamente en el poder público. Vamos a ver cómo lo interpretan los partidos desde las posiciones ganadas. Hasta los Tigres del Norte, en su último compacto, invitan a portarse bien. De otra forma, los partidos estarán próximos pero quemándose, juntos pero fritos, dilapidando los resortes de control social.

Una izquierda para la mayoría Adolfo Sánchez Rebolledo

01/10/2012
Una izquierda para la mayoría
Adolfo Sánchez Rebolledo ( Ver todos sus artículos )
 La pretensión de crear una gran organización partidista, capaz de abarcar a esa constelación de intereses heterogéneos, sentimientos e ideas que por comodidad hemos llamado “la izquierda”, ha concluido.

La salida de López Obrador del PRD, así como el fin de una alianza privilegiada con el PT y el MC, abre una etapa que augura desajustes y disonancias en algunos frentes, así como el reordenamiento del campo general de las izquierdas.

¿Qué es y qué representa la izquierda realmente existente? Sin duda, lo más importante es que por segunda ocasión en seis años una porción superior a la tercera parte del electorado ha votado a favor de Andrés Manuel López Obrador, un líder fuerte, intuitivo, carente de contrapesos, a la cabeza de un movimiento masivo, mas no de masas. Los 16 millones de votos obtenidos por la izquierda, sin duda su mayor capital, parecen aún más valiosos porque surgieron inesperadamente, cuando parecía que el candidato sería incapaz de remontar los puntos negativos acumulados en los años recientes.
mayoría

En medio de la grisura de la lucha por la segunda posición, la intrusión sorpresiva de los estudiantes favoreció a López Obrador, haciendo notorio un punto clave para el presente y el futuro inmediato de las izquierdas: frente al ascenso del PRI y la caída del panismo, el sentimiento opositor, extraviado durante los gobiernos de Fox y Calderón, resurge influido por la actitud de la izquierda que aúna al antigobiernismo histórico, una idea disidente sobre lo que hoy es México y sus problemas, un esbozo, todo lo incompleto o inacabado que se quiera, sobre la necesidad de articular democracia y justicia social, así como la visión de vanguardia en torno a los derechos culturales y sexuales.

La tercera parte de los votantes no alcanza para obtener el triunfo, pero ya forma parte esencial de la sociedad plural mexicana y llegó para quedarse. No hay capricho en ello pues la actitud del lopezobradorismo proviene de la denuncia reiterada de la simbiosis entre los poderes “fácticos” y el Estado para fabricar y luego imponer un candidato a modo extraído de las filas del PRI. En el fondo está la consideración de que la inequidad precede al momento electoral y condiciona las relaciones de poder en el país, justo cuando todos los agravios estallan de una vez.

Pese al enojo que suscitan dichas actitudes de López Obrador, habría que reconocérsele que su liderazgo ha sido un factor para darle a la indignación medible en el país un cauce pacífico sin desbordar la legalidad y, en ese sentido, a querer o no, abrió una ruta para la creación de nuevos ciudadanos dispuestos a ejercer sus derechos, pese a la irritación que le provocan sus actos a los políticos y a los predicadores de la vacuidad retórica y el conformismo “democrático”.

Hay quienes creen que la salida de López Obrador servirá para desatar el estancamiento de los partidos o para que la desbandada acabe por desaparecerlos. En el PRD, en cambio, ya hay voces que ven una oportunidad, una especie de “liberación” del caudillismo en beneficio de soluciones “socialdemócratas”, pero el problema con la supuesta pluralidad, cristalizada en las corrientes (y los partidos) es la ausencia casi total de un verdadero debate ideológico o programático. Hasta hoy las “marcas” impuestas por los partidos y las tendencias enquistadas que los integran, no son ideas susceptibles de ser asimiladas y defendidas por vastos sectores, pues bajo el formalismo de las plataformas y las declaraciones de principios predomina la visión de la “política” concebida a partir de la relación pragmática que el partido guarda ante los recursos (el registro legal) y las fuentes de poder dentro y fuera de las organizaciones.

La pregunta es cómo se van a comportar los “lopezobradoristas” que comparten hoy la administración del perredismo “legal”. ¿Abandonarán sus filas o buscarán una forma de entendimiento con Morena que les permita seguir en las dos pistas?

En cuanto a la formación del nuevo partido conviene mantener ciertas precauciones. Primero, porque la construcción de un partido es siempre una tarea compleja y espinosa que requiere de cuadros experimentados cargados de paciencia y sentido común. No se trata de elegir entre un método o una forma de actuación (las “instituciones” o la “calle”) sino de optar por una valoración capaz de poner en el primer plano las grandes necesidades del país en las circunstancias prescritas por la globalización para, a partir de ellas, articular la opción política que conduzca a las grandes reformas que se requieren.

Un partido capaz de representar los intereses de la mayoría tiene que construirse cuidando que exista correspondencia entre el compromiso político, es decir, los fines que orientan su acción a largo plazo, con los medios de que se valga para alcanzarlos aquí y ahora. En consecuencia, exige un compromiso moral que trascienda todos sus actos.
Si ya no es imaginable siquiera al militante “hecho de un temple especial”, es absolutamente prioritario que en nombre del interés público los partidos sean administrados y fiscalizados por ciudadanos comunes a los cuales se le pueda pedir aquello que los primeros socialistas se exigían a sí mismos: fidelidad a la verdad, fraternidad y honestidad cabal. Sin duda, es más fácil decirlo que hacerlo en un ambiente donde calan las prácticas clientelares y el rigor se guarda para el adversario, pero de plano será imposible si no se asegura la existencia de un partido democrático, concebido como la única fórmula para dominar las formas caudillistas e impedir la creación de compartimentos estancos a partir de intereses sectarios.

La aspiración democrática en el México actual incluye, a querer o no, una visión igualitaria que la izquierda debe poner como divisa propia. De nada sirve explicarle a la mayoría que la democracia no consiste en mejorar las condiciones de vida, pues muchos dirían sin el menor asomo autoritario que eso no es lo que buscan en las urnas. La izquierda debería trabajar por “un orden social en el que priman los intereses de la mayoría”, recoger los postulados de la campaña de 2006 y actualizarlos en el contexto actual. Y a partir de ahí precisar los acuerdos o las alianzas con otras fuerzas.

A mi modo de ver, la definición de Oskar Lafontaine citada arriba tendría que ser la premisa para ubicar en el centro de las demás preocupaciones estratégicas (y no sólo retóricas) sobre el tema de la desigualdad en la democracia. Ninguna propuesta organizativa tiene sentido si no está sustentada en un programa de largo plazo. La clave para construir la gran fuerza de izquierda que hace falta pasa por la revitalización de un poderoso movimiento independiente de masas, no partidista, nacido de la autoorganización de la sociedad para la defensa de sus intereses legítimos y legales. Ésa es la experiencia que nos deja la historia.


Adolfo Sánchez Rebolledo.
 Analista político. Articulista de La jornada. Director del Correo del Sur, suplemento dominical de La Jornada Morelos. Colaborador de la revistaConfiguraciones.

PRD Partido De Izquierda Adolfo Sánchez Rebolledo

01/05/1998
PRD Partido De Izquierda
Adolfo Sánchez Rebolledo ( Ver todos sus artículos )
 
EL PRD: PARTIDO DE IZQUIERDA
POR ADOLFO SÁNCHEZ REBOLLEDO
CONTRA EL PRAGMATISMO
La definición del Partido de la Revolución Democrática como un partido de izquierda es inseparable del debate en torno al llamado "pragmatismo", cuya crítica en el Congreso de Oaxtepec, a propósito de la candidatura del expriísta Salvador Morales Lechuga, ocupó buena parte del tiempo y los trabajos de los delegados. El pragmatismo no es otra cosa que la adaptación de los intereses estratégicos del partido a las consideraciones inmediatas de la coyuntura electoral. Para todo fin práctico, el "oportunismo y el pragmatismo excesivo", denunciado por Cuauhtémoc Cárdenas desde antes de inaugurarse el Congreso, se concreta en el sacrificio de las candidaturas partidistas a los representantes ("externos") de la sociedad civil, aprovechando cualquier oferta a fin de abultar la cosecha de votos sin considerar el historial o las posiciones políticas de los candidatos. Internamente, esa situación ya había causado un malestar enorme. Un dirigente del partido, Juan Guerra, por ejemplo, dijo que el partido estaba "reciclando la vieja clase política. Nos estamos convirtiendo en el cesto de desperdicios del PRI" (La Jornada, 21-111-98).
Sin embargo, en una reacción inesperada al temor de que el partido se abra a una suerte de restauración democrática del viejo partido oficial, el Congreso responde con un exorcismo que buena parte de la cúpula dirigente no comparte: proclamar en la Declaración de Principios que el PRD es un partido de izquierda, aludiendo con ello, más a la tradición política y moral que el término invoca que al cálculo político en uso, a la precisión rigurosa del concepto, o los contenidos de una política estratégica claramente diferenciada. En el fondo, a pesar de los acuerdos promediados para salvar la unidad, el Congreso dejó sin resolver con claridad el tema estratégico de las alianzas que se esconde bajo la cuestión superficial del pragmatismo, y es, a no dudarlo, la piedra filosofal que puede abrirle el camino a la victoria en el año 2000. Sin embargo, no podía ser de otra manera, a trasluz de esta discusión se filtran los viejos asuntos no resueltos que son la "marca de origen" del partido del sol azteca.
Las dos izquierdas
La resolución de Oaxtepec expresa un punto de vista que puede ser crucial: el partido entiende que las alianzas electorales que tanto éxito electoral le han dado —y a las que por supuesto no renuncia— representan, paradójicamente, una amenaza potencial para su futuro, pues ayudan a borrar su propia identidad de izquierda, al verse eclipsadas, como temía el historiador Barry Carr al señalar las características del proyecto de unidad en el PRD, por "una vasta ola de neocardenismo generado por el desesperado anhelo de democracia y, para algunos, por el nostálgico deseo de volver a la 'normalidad anterior'". (La izquierda mexicana a través del siglo XX, Era, p. 323.) El crecimiento exponencial de los votos a la izquierda logrado en comicios recientes, conforme a ese análisis, lejos de fortalecer al polo "izquierdista" que es uno de los nutrientes del partido, habría disminuido "las oportunidades de construir una izquierda fuerte e independiente" tal y como se concebía en el pasado, es decir, antes de la formación del propio PRD.
Que el PRD es, ciertamente, un partido situado "a la izquierda" del espectro político mexicano nadie lo duda, pero si con ello se quiere afirmar una nueva identidad y también un "modo de ver el mundo", como dijo Muñoz Ledo, entonces la precisión realizada en el Congreso de Oaxtepec, hasta donde la información disponible permite saberlo, resulta genérica, insuficiente y hasta cierto punto innecesaria. Es obvio que el PRD ya no es, ni puede ni quiere ser considerado como un partido de la izquierda clásica, por más que tras la definición del Congreso se apunten muchos de los nostálgicos de siempre. Tal vez por ello Muñoz Ledo —cito a La Jornada—, ironizó: "definirse como un partido de izquierda no significa convertirse en un museo antropológico de historia ni en el arca de Noé para salvar a las viejas especies de la izquierda. Tampoco podemos ser la Cruz Roja de la derecha. Decirnos de izquierda no es cerrarnos a todos los que vengan a trabajar, pero tampoco es dar pasaportes de impunidad a los que provengan de la izquierda. Es una identidad del partido".
Pero estas aclaraciones, gratas a la parroquia, pueden resultar a la postre irrelevantes. Se olvida —cito, por no repetirme, lo que escribí en La Jornada— que "el tema, si había alguno en puerta, era (y es) definir de qué clase de izquierda estamos hablando. Y en ese sentido la resolución del PRD abarca mucho y poco a la vez. Mucho, puesto que el término tendrá resonancias incómodas en la orientación electoral del partido, cancelando de un plumazo la idea, muy en boga desde su fundación. de que éste (no sólo su electorado) se ubicaba en el escenario político como una fuerza de 'centroizquierda' ". Poco, porque la definición no ubica el proyecto del partido para México, tampoco aclara la naturaleza de las alianzas que pueden hacerlo posible y hunde en una penumbra pragmática la clarificación de la ideología partidista. El mismo Muñoz Ledo remató en el Congreso: "El centro de la ideología es una raya y esa hay que dejársela a Manuel Camacho Solís" (sic). Así pues, la pregunta que sigue es obligada: ¿cuál es la identidad que pone en riesgo el pragmatismo y que se quiere conservar de la herencia de izquierda recibida por el partido? ¿Qué significa hoy. para el México de fin de siglo, ser de izquierda?
El debate pendiente
Partido de frontera entre dos épocas —el derrumbe del socialismo y la afirmación universal del capitalismo "neoliberal" en la globalización—, el PRD surge en el crepúsculo de dos ideologías, ambas en su seno, con sus respectivos proyectos políticos (el nacionalismo reformador y el socialismo), justo cuando en el país entra en crisis el Estado surgido de la Revolución Mexicana.
Parece innecesario decir que el PRD no se entiende (tampoco el pragmatismo y la atracción que el partido ejerce sobre el PRI) sin un examen de esas realidades históricas, sin entender las relaciones entre el nacionalismo reformador de la Revolución Mexicana y la izquierda socialista en la perspectiva democrática que confluyen en su constitución. Siendo el heredero más conspicuo de ambas, el Partido de la Revolución Democrática es la suma pero no la síntesis de ambas posturas, mucho menos la superación crítica de sus posiciones y propuestas.
Parece increíble, pero el PRD jamás realizó un ajuste de cuentas ideológico con la (su) historia. Asimiló dicha herencia, adaptándola unas veces, diluyéndola otras en el democratismo radical que lo ha caracterizado desde su fundación, pero no consideró necesario realizar un corte con el pasado. Ese es el tema de fondo que el Congreso ha eludido discutir para comenzar a definir qué quiere decir cuando se dice de izquierda.
No hay que mirar demasiado hacia atrás, es cierto. Sin embargo, después de todo, es imposible para un partido de izquierda, integrado justamente por la confluencia de esas (aunque no exclusivamente) dos grandes corrientes políticas e ideológicas del pasado, no responder a la pregunta más inquietante de nuestros días: ¿cómo darle sentido a la política de izquierda luego del fracaso histórico del socialismo real? ¿Cómo elaborar una propuesta nueva, inserta en el horizonte de los cambios ocurridos en la escena contemporánea nacional e internacional? ¿Quiénes son hoy los "sujetos" del cambio necesario? ¿Cómo superar el siglo de la Revolución Mexicana en la perspectiva de una sociedad más justa, sin una reflexión global sobre el país y su futuro, sin discutir los fundamentos de un verdadero "proyecto nacional alternativo"? Sin una reflexión capaz de comenzar a responder esas interrogantes, la definición de izquierda se reduce solamente a revivir una etiqueta, por grandiosa que ésta nos parezca.
La izquierda ausente
El PRD nace en, y es parte del ascenso universal de la ola democrática que diluye las ideologías, erigiéndose como una fuerza política importantísima, sin asumir como propia la crisis de identidad de la izquierda en el orbe entero. Es una verdadera paradoja que en el momento justo que en el mundo la izquierda parece sucumbir a la revolución capitalisa neoliberal, en México, simultáneamente con la reforma modernizadora, los herederos de la izquierda se conviertan, por primera vez, gracias a la exigencia democratizadora, en una potencia opositora que obtiene la parte esencial de su programa de la crisis del Estado revolucionario, al que refleja en un espejo negativo actuando siempre como heredero histórico y como juez implacable del proyecto modernizador. Pero eso no lo hace de izquierda.
Las tareas políticas que el PRD ha debido cumplir en estos años tal vez no han dejado espacio para poner en pie un proyecto nuevo. No son los únicos que pagaron un alto precio por esta transición: al escindirse en el debate nacional la lógica política de la reforma democrática del Estado de la modernización de la economía, el gobierno y la izquierda, entraron en el mismo callejón sin salida. La insistencia en el liberalismo social, por ejemplo, no logró trascender los marcos estrechos de la propuesta presidencial. Tampoco la izquierda supo o quiso reflexionar en torno a una propuesta que pudiera ir más allá de los límites de la denuncia sobre las consecuencias de la globalización y los programas "neoliberales". El arsenal opositor se redujo a ejercer la crítica sistemática contra la totalidad del programa modernizador, considerándolo, además, como la traba más importante para el desarrollo democrático del país, sin elaborar las líneas maestras de una alternativa digna de tal nombre. La crítica de izquierda se perdió en la noche del democratismo, confundida con las expresiones políticas de otras formaciones e instituciones, como la Iglesia o el zapatismo. En consecuencia, la izquierda dejó en el camino la parte más viva y rica de su tradición compartida: la pugna por la emancipación social como eje rector de un nuevo proyecto nacional de desarrollo. La crítica del Estado a partir de las realidades del mercado y la globalización en curso, la revisión del viejo pero nunca acabado tema de las formas de lucha y la centralidad de la legalidad en la democracia, el lugar de las reformas, en fin. la elaboración que permita hablar de una izquierda para el presente y el futuro de México. Todo ello espera una definición de izquierda. n
Adolfo Sánchez Rebolledo. Es columnista del diario La Jornada.

El movimiento obrero y la política en México Barry Carr

01/01/1978
El movimiento obrero y la política en México, 1910-1929.
Barry Carr ( Ver todos sus artículos )
2 vols. Trad. Roberto Gómez Ciriza. México, SepSetentas, 1976, 222 y 206 pp.
Pese a su evidente importancia -particularmente para valorar, en cualquier sentido, la revolución de 1910- sólo unos cuantos investigadores se han inclinado al estudio del movimiento obrero mexicano. Desde 1934, año en que apareció, la obra de Marjorie C. Clark, Organized Labor in México, ha ejercido prácticamente un monopolio sobre la investigación y la enseñanza académica. Casi tres decenios más tarde, apareció el estudio de Joe C. Ashby sobre los obreros en la época de Cárdenas. Sin embargo, no fue sino hasta los setentas cuando los historiadores viraron con gusto hacia el tema del trabajo mexicano.
El libro de Barry Carr es uno de los más recientes, y sin duda de los más ambiciosos, aparecidos en esta nueva oleada; los dos volúmenes de su obra podrían aspirar sin rubor a suplir a la obra de Clark como la historia básica para ese período. En múltiples caminos, el estudio de Carr va más allá del mero nivel académico y explora en profundidad, a veces con datos extraídos de los archivos, aspectos inexplorados a mal entendidos de la relación política entre el movimiento obrero y el gobierno a partir de la caída de Porfirio Díaz. Aunque breve, su análisis de la industria y del incipiente movimiento obrero en la época de Díaz, es excelente. Ocasionalmente, Carr va de la mano con los revisionistas llegando a decir en un momento -y con amplia justificación- que el manejo del gobierno huertista de las cuestiones obreras superó las iniciativas de Madero.
Sin embargo, en otros puntos, Carr abre pocas grietas al regocijo de los historiadores revisionistas. Sus conclusiones por lo general defienden o disculpan las relaciones de la CROM con la dinastía Obregón-Calles. Toca como al pasar el impacto que este matrimonio tuvo en las esperanzas e ilusiones de los líderes obreros independientes y sus seguidores; acepta como inevitable el triunfo de Luis Morones, quien cimentó el camino para construir un gobierno con apoyo de las organizaciones obreras y en buenos términos con la industria y los empresarios. Esto no quiere decir que Carr sea ciego a la corrupción de la CROM o a la forma en que Morones y sus íntimos amasaron fortunas. Obregón y Calles, reconoce Carr, no hubieran tolerado ningún sindicato independiente de obreros o campesinos que desafiara su autoridad.
El estudio de Carr, cualesquiera sean sus limitaciones, es una sólida contribución a la historia del movimiento obrero mexicano. Está hecho con rigor, escrito en forma convincente y refleja una utilización exhaustiva de fuentes secundarias y archivos claves. Roberto Gómez Ciriza merece un elogio por su limpia traducción. En el futuro, los investigadores del movimiento obrero mexicano pueden acudir a la obra de Carr en busca de los fundamentos para construir nuevas monografías especializadas.
Ramón Eduardo Ruiz

Radical trip Barry Carr

01/04/1981
Radical trip
Barry Carr ( Ver todos sus artículos )
 
 
Los orígenes del Partido Comunista Mexicano
Barry Carr. Historiador inglés. Profesor de La Trobe University. Autor de El movimiento obrero y la política en México, 1910-1929. México, SEP. 1976, 2 vol. (Col. Sep. Setentas.)
LOS AÑOS ROJOS
El Partido Comunista Mexicano, fundado en noviembre de 1919, es el más antiguo de México y sin embargo se sabe muy poco de su formación o de los individuos que lo fundaron. Los pocos recuentos serios que existen están plagados de errores en lo que se refiere a los hechos y a las interpretaciones, y no son pocas las versiones conservadoras o reaccionarias ansiosas de establecer el carácter discutidamente "antinacional" de los primeros años del partido. Un tema frecuente en la literatura es el de la naturaleza "exótica" y extraña del surgimiento del PCM que fue, de acuerdo a esta versión, el resultado de "agitadores" extranjeros ignorantes de las peculiaridades de la sociedad mexicana. Por supuesto, es imposible discutir la formación del PCM o, para el caso, discutir la formación de cualquier otro partido comunista fundado en el mismo período, sin hacer referencia a la crucial coyuntura internacional de los años que siguieron inmediatamente a la Revolución rusa. Los años rojos de 1917-1920 decidieron una época donde el ejemplo soviético, los estragos de la Primera Guerra Mundial y el derrumbe de una sección considerable de la Segunda Internacional hicieron que la revolución a escala mundial pareciera una posibilidad real: sólo la derrota de los movimientos alemanes, húngaros, austriacos y finlandeses, obligó al Comintern en 1921 a hacer un cálculo más sobrio de las verdaderas posibilidades de derrumbe del orden capitalista.
En México, los efectos radicalizadores de la guerra fueron, obviamente, más limitados. Sin embargo, los años de 1918 a 1920 estuvieron marcados claramente por la creencia generalizada de que el antiguo régimen se estaba acercando a su fin o, incluso, como llegó a escribir un político carrancista en 1920, que "el sistema capitalista que ha sustentado la organización social contemporánea parece estar en bancarrota" (Rafael Nieto). La creciente tensión entre las clases en este período se puede observar en una variedad de fenómenos: un aumento marcado en el número y en el carácter de las huelgas (muy buenos ejemplos son las huelgas de 1919 de los maestros de la ciudad de México y las huelgas de los trabajadores textiles en Orizaba), la resistencia cada vez mayor de algunos comerciantes e industriales a obedecer las previsiones laborales de la Constitución de 1917, o la repatriación masiva de trabajadores mexicanos provenientes de Estados Unidos en la depresión económica de la posguerra.
Hoy es difícil aceptarlo, pero durante los años de Carranza, México fue parte de la movilización revolucionaria de los años rojos, al menos ante la mirada de la intelectualidad revolucionaria de Europa, Estados Unidos y Asia. Por muchas y variadas razones, un número impresionante de radicales y revolucionarios llegaron a México después de 1917, y muchos de ellos jugaron un papel importante, aunque de ninguna manera dominante, en el surgimiento del PCM y en la intervención de éste en la vida política. La mayoría de los jóvenes radicales, en especial los que venían de EU, leva o "remisos", como se les llamaba peyorativamente, habían pasado al olvido. Pero más tarde algunos de ellos pasaron a ocupar un lugar importante en el movimiento comunista y socialista internacional. De Asia llegó el nacionalista hindú M.N. Roy y el pionero japonés socialista y comunista, Sen Katayama. De Estados Unidos llegaron jóvenes estudiantes como Carleton Beals, que posteriormente fue un periodista radical y escritor distinguido; Charles Philips, que bajo el seudónimo de Manuel Gómez emergió como una importante figura dentro del Partido Comunista en Estados Unidos; Louis Fraina, uno de los primeros miembros de ese partido; Mike Gold conocido en México como Irvin Granich y que se convertiría en el zar literario del movimiento comunista norteamericano en las décadas de los veinte y treinta; y el brillante caricaturista de la revista radical, The Masses, Henryd Glintenkamp. De Europa llegaron el socialista suizo (y posteriormente líder del Partido Comunista Suizo), Edgar Woog -conocido en México como Alfred Stirner-, y el ruso Mijail Borodin, agente del Comintern y más tarde una figura importante en Inglaterra y sobre todo en China. Sin embargo, con la excepción de Roy y Woog que estuvieron poco menos de tres años en México, ninguno de los hombres que, de una u otra forma se conectaron con el PCM en sus primeros años, estuvo más de un año, en México, y algunos, como Borodin, Fraina y Katayama, sólo estuvieron pocos meses.
Pero la participación de estos extranjeros no debe oscurecer el hecho de que el surgimiento del PCM fue, fundamentalmente, una respuesta de los mexicanos ante el desarrollo del movimiento obrero mexicano y la sociedad y la política mexicanas. En un momento en que el PCM está renovando sus posiciones teóricas y programáticas, sumando a esto un aumento de miembros en sus filas y el rechazo de fórmulas ideológicas anticuadas y un esfuerzo honesto por desarrollar una conciencia crítica de la historia del partido, la ocasión es adecuada para tratar de precisar los antecedentes y los primeros años del partido.
EL PARTIDO SOCIALISTA MEXICANO
A principios de 1917, no podía decirse que el marxismo estaba ampliamente diseminado entre los trabajadores e intelectuales de México, ni que el "socialismo científico" tal como era visto por la Segunda Internacional era una corriente preponderante dentro de la trayectoria del movimiento obrero. Los preceptos anarquistas y libertarios aún dominaban al sector más radical de la clase trabajadora, organizada sólo parcialmente, y en la cual las corrientes libertarias, mutualistas y cristianas eran elementos significativos. En 1916, la sección mejor organizada del movimiento obrero en la capital había sido instalada en la confusión. La derrota de la huelga general en la ciudad de México ese año, y la disolución de la Casa del Obrero Mundial por el gobierno de Carranza, estimularon una reconsideración de la estrategia obrera que habría de dar frutos en los siguientes tres años, con la formación de dos corrientes claras dentro de la clase trabajadora: el sindicalismo reformista de la CROM, fundada en 1918, y el surgimiento temporal de corrientes anarco-sindicalistas y marxistas en el Gran Cuerpo Central de Trabajadores y el Partido Comunista Mexicano en 1919.
Un indicador significativo de la orientación futura de la CROM y una fuente de conflicto con otros sindicatos radicales, fueron los vínculos estrechos que esta estableció no tan sólo con los miembros de la ascendente "Dinastía Sonorense", sino también con la Federación Norteamericana del Trabajo (American Federation of Labor, AFL). Durante la Primera Guerra Mundial, la AFL se había identificado con los fines de guerra del gobierno norteamericano y era también el principal instigador para establecer una federación laboral "moderada", anti-socialista, latinoamericana, con la CROM como su afiliado clave. Pero las ideas anarquistas, sindicalistas y libertarias dominaban todavía al trabajo organizado mexicano, y la orientación general de la CROM y, en particular, su acogimiento de la estrategia de "acción múltiple", alejó a un gran número de trabajadores. A finales de 1918, algunos de ellos establecieron una nueva organización laboral que pasó casi inadvertida para los historiadores de la clase obrera mexicana: el Gran Cuerpo Central de Trabajadores. Orientado fuertemente hacia los trabajadores de la ciudad de México, el Gran Cuerpo acogió a los obreros capitalinos más decididamente independientes y militantes, muchos de los cuales habrían de decidirse por la Confederación General de Trabajadores (CGT) en febrero de 1921. El Gran Cuerpo ganó el apoyo de panaderos, tranviarios -un grupo particularmente militante en 1914-15-, telefonistas, choferes y algunas secciones del movimiento de obreros textiles. También estableció vínculos estrechos con el viejo Partido Socialista Mexicano que había tomado un nuevo aire en enero de 1918.
El Partido Socialista Mexicano fue el primer foco afianzado del pensamiento social democrático en México. Fundado en agosto de 1911 por un refugiado alemán de la persecución bismarckiana durante los ochenta, Pablo Zierold, el partido incluía dentro de sus miembros fundadores a un abogado de la ciudad de México, Adolfo Santibáñez, quien más que otra persona apoyó al PSM a lo largo de los difíciles años de la revolución. Simpatizante del zapatismo -fue miembro del Ministerio de Justicia de la Convención-, también demostró su habilidad como ayudante legal del movimiento obrero por su defensa de los huelguistas que llegaron a un tribunal militar después de la huelga de 1916. A pesar de la indudable influencia de las corrientes anarquistas dentro del partido, el PSM no se opuso de un modo ortodoxo a la actividad política y al parlamentarismo. Los escritores del periódico del partido, El Socialista, alertaban contra la creencia en la eficacia del parlamentarismo como una solución a largo plazo para los problemas obreros, pero instaban a los lectores a elegir los diputados en tanto que ellos articularan los intereses de las masas. Repetida e insistentemente, el partido buscó enfatizar el hueco que separaba sus opiniones de aquellas de los liberales magonistas. "Los socialistas forman partidos políticos y son respetados y temidos por los políticos burgueses". Muy precisamente, estos sentimientos hacían eco a las posiciones reformistas y parlamentarias tanto del Partido Socialista Español como del núcleo mayoritario del Partido Social Demócrata Alemán en el período anterior a la guerra.
ITINERANTES Y RADICALES
Después del asesinato de Francisco Madero en 1913, de algún modo el Partido Socialista Mexicano desaparece del escenario; pero, según parece, organizó actividades y conferencias en la ciudad de México hasta 1915, cuando sus simpatías se inclinaron violentamente hacia las fuerzas de la Convención de Villa y Zapata. Pablo Zierold, por ejemplo, en un artículo para International Socialist Review a principios de 1915, les decía a los lectores norteamericanos que la Convención iba a "a despejar el camino para el socialismo, ya que Villa y Zapata no son más que socialistas".
El impacto de la Revolución rusa en la izquierda mexicana fue considerable. Las noticias sobre las revoluciones de 1917 llegaron principalmente vía la prensa anarquista española (Tierra y Libertad de Barcelona, por ejemplo) y a través de las versiones distorsionadas que aparecieron en la prensa burguesa de México. La orientación anarquista de la masa de obreros radicales mexicanos no opacó del todo el entusiasmo por los avances importantes en el joven estado soviético. Los acontecimientos revolucionarios en Rusia fueron interpretados simplemente de acuerdo a las creencias anarquistas y sindicalistas. La prensa radical mexicana hizo un énfasis particular en el soviet o el consejo de trabajadores como la institución más característica y significativa creada por la revuelta revolucionaria. Para los anarquistas mexicanos, la Revolución rusa fue un ejemplo magnífico de la acción directa llevada a cabo por una minoría activa con los slogans familiares, anarquistas y libertarios, del antimilitarismo, la libertad individual y la destrucción del estado. Rusia en efecto, se había convertido en "el proletariado en armas", la creación de un levantamiento espontáneo del "pueblo" radicalizado por la guerra y el sufrimiento, exigiendo la expropiación del capital. Hasta cierto punto, las distorsiones de la prensa burguesa alentaron estos esfuerzos por ver a la revolución bolchevique como la encarnación del objetivo anarquista de la "Revolución Social". La reacción de los radicales mexicanos ante los avances revolucionarios en Rusia repiten, de hecho, las respuestas de muchos sindicalistas españoles y alemanes y los anarquistas durante los años inmediatos de la posguerra.
La entrada de Estados Unidos a la guerra, en abril de 1917, fue otra de las influencias que redefinió el curso del radicalismo y socialismo mexicanos. Los intentos realizados por el gobierno de Wilson para alterar la neutralidad de la administración de Carranza, provocaron un resentimiento cada vez mayor entre los mexicanos que veían en esto la interferencia amenazante de un vecino poderoso. Las respuestas a las políticas agresivas de Estados Unidos tomaron la forma de un neutralismo estridente o de un anti-imperialismo que, en ocasiones, iba acompañado de sentimientos favorables hacia el poder alemán -visto como un contrapeso potencial ante las pretensiones hegemónicas de Estados Unidos.
La declaración de guerra de E.U. tuvo otros efectos en México. Centenares de norteamericanos que se oponían a que E.U. entrara en la guerra cruzaron el Río Grande. Pocos participaron en la formación del PCM, pero algunos, como Irving Granich y Charles Philips, se acomodaron -tanto por accidente como por táctica- en el mundo del movimiento obrero y socialista mexicano. México también proporcionó un hogar temporal para los inconformes de otro tipo: representantes del movimiento anti-colonialista hindú que reunió fuerza en Estados Unidos en la década anterior a 1917. La estrecha vigilancia del espionaje británico y norteamericano de los activistas hindúes antiimperialistas, avivada por el conocimiento del contacto alemán con una sección del movimiento, trajo a México, entre 1917 y 1918, a varios nacionalistas hindúes. En México hubo cuando menos cinco revolucionarios hindúes importantes: Dhirendra Nath Sen, Sailenranath Ghosh, J.N. Sanyal, Hermabalal Gupta y el más importante de todos, Manabendra Nath Roy.(1) El nacionalista bengalí M.N. Roy llegó a México en junio de 1917 junto con su esposa norteamericana, Evelyn Trent, quien hizo contacto con los grupos feministas mexicanos. El nacionalismo anticolonialista de Roy había ido tomando poco a poco un carácter socialista en los últimos meses de su estancia en Nueva York antes de venir a México. A su llegada a México se puso en contacto con el recientemente fortalecido Partido Socialista Mexicano, y para principios de 1919 había ayudado al restablecimiento y la expansión del periódico del partido. Roy no sólo desempeñaría un papel importante en la creación del PCM, sino que también, posteriormente, tomó parte importante en la evolución de la política del Comintern en las cuestiones coloniales de los veintes.
Finalmente, la localización estratégica de México en la frontera de Estados Unidos y el impacto mundial del radicalismo social y agrario de la Revolución mexicana, llamaron la atención de sectores de la izquierda europea y, en particular, de la recién creada Tercera Internacional. Mijail Borodin, un agente del Comintern que visitó México a fines de 1919, fue sólo el primero entre un número de personajes que dejaron su marca en el desarrollo del comunismo mexicano.
LECTURA DEL "EL SOCIALISTA"
El paso más importante hacia la creación del Partido Comunista Mexicano se llevó a cabo en el Congreso Socialista Nacional de agosto y septiembre en 1919. La reunión fue convocada por el Partido Socialista Mexicano, que después de varios años de inactividad había vuelto a aparecer a fines de 1917 bajo la dirección del Lic. Adolfo Santibáñez y de Francisco Cervantes López. El partido comenzó a publicar una vez más su periódico El Socialista alrededor de 1917, primero semanal, luego mensual, pero problemas de tipo económico obligaron a cerrar su publicación a fines de 1918. Según Roy, su ayuda económica, obtenida irónicamente a partir de fuentes alemanas en México, permitió que el periódico volviera a publicarse con amplitud en enero de 1918.
Algo de la ideología y del estilo del partido se puede apreciar a partir del contenido de El Socialista. Al nivel de las políticas internacionales, el periódico se alineó con los movimientos social-demócratas europeos, proporcionando noticias y artículos de periódicos como L'Humanité (Partido Socialista Francés) y Vorwaerts (el diario berlinés del Partido Social Demócrata Alemán). La Revolución rusa recibió toda la simpatía de los escritores del periódico. Sin embargo, el sentido de la desolación intelectual del partido puede juzgarse por los comentarios de Francisco Cervantes López en abril de 1918. Discutía en un artículo que la doctrina socialista era casi desconocida en México, donde el analfabetismo significaba un serio problema y donde el anarquismo tenía un asidero en los trabajadores. La ignorancia de la teoría y la estrategia socialista empeoró por la carencia de materiales de lectura apropiados. "Los libros que llegan de España son traducciones de obras publicadas hace más de un siglo en Francia, Alemania y Rusia", concluía, lo que facilitaba la confusión de las ideas anarquistas y socialistas.(2) De Hecho, la fuente principal de confusión no fue, como pensó Cervantes López, la herencia del anarquismo sino la adopción casi universal del término "socialismo" por cientos de personalidades políticas y militares durante la revolución épica que proclamó su fe socialista, diseminando versiones grotescas de las ideas socialistas, ocultando lo que eran posiciones esencialmente populistas y gobiernistas. Con raras excepciones -Rafael Nieto es una de ellas-, la concepción populista del socialismo reflejó la opinión más amplia, sostenida entre los círculos constitucionalistas, de que la meta suprema del Estado consistía en establecer la paz social y el bienestar colectivo por medio de un equilibrio de clase puesto en vigencia rigurosamente.
Es dudoso que el Partido Socialista Mexicano tuviera más de dos docenas de miembros activos. Al empezar, el partido no estaba vinculado formalmente con los sindicatos obreros, aun que por medio de las actividades de un nuevo recluta, José Allen, estableció contactos estrechos con el Gran Cuerpo Central de Trabajadores. Recordando los encuentros durante 1918, en los que habló con Santibáñez y miembros del Comité Ejecutivo del partido, Roy señaló que con la excepción de "el burgués de Santiabáñez y un maestro de escuela" todos los miembros ejecutivos "eran proletarios de pura sangre".
A pesar del explícito tono antianarquista de las publicaciones del partido, su personal estaba aún profundamente imbuido de ideas anarquistas y sindicalistas, hasta el grado de rehusarse a respaldar la acción concreta en protesta a las amenazas norteamericanas contra México a partir de la interpretación de la Constitución de 1917. Cualquiera que fuesen las dudas que tuvieran algunos miembros del partido sobre la manera apropiada de responden a este conflicto, a mediados de 1919 el Partido Socialista Mexicano había adoptado una posición firme en contra del imperialismo británico y norteamericano, expresada en un lenguaje militante que exhibía la influencia de Roy. El 11 de julio de 1919, el partido adoptó la resolución de protestar en contra de la intención del gobierno norteamericano de deportar a los nacionalistas hindúes y de reconocer el derecho del pueblo hindú a rebelarse en contra del colonialismo británico. A principios de agosto, el Partido Socialista denunció enérgicamente la rumorada intervención norteamericana en los asuntos mexicanos, y llamó al proletariado norteamericano a "organizarse para una acción económica concentrada para prevenir la intervención". A los trabajadores mexicanos se les pidió que dieran un apoyo completo a la defensa de los intereses mexicanos del gobierno de Carranza, aunque quedó claro que esto no suponía un respaldo categórico al gobierno de México. El lenguaje de la resolución del Partido Socialista exhibía un internacionalismo militante y una identificación del interés de México en el de otros países, colonias o semicolonias, agobiados por el imperialismo.
EL CONGRESO SOCIALISTA NACIONAL
En Europa, mientras tanto, entre las ruinas de la Segunda Internacional, se dieron los primeros pasos hacia la promoción de una nueva "Internacional de Acción" en marzo de 1919 en el congreso inaugural del Comintern en Moscú. Al último sólo estuvieron presentes algunos delegados, y la mayoría de ellos eran de Rusia o de los pequeños estados europeos orientales de la frontera con la Rusia soviética. Las invitaciones para la conferencia fundadora habían sido enviadas a fines de enero a todos los partidos que se oponían a la Segunda Internacional. Significativamente, pocos de los partidos o grupos nombrados en la invitación cuya asistencia al congreso se consideraba deseable, se localizaban fuera de Europa, y se resumían en grupos socialistas pequeños de E.U. y Japón.
El Manifiesto de la Internacional Comunista al Proletariado del Mundo Entero estaba impregnado del enorme optimismo revolucionario de la época y llamaba a todos los trabajadores a que se unieran bajo el estandarte comunista. Aunque hacía referencia específica a las condiciones en los países coloniales de Asia y Africa, instando a la lucha por la revolución proletaria más que a la sola liberación del papel colonial, no se hacía referencia a América Central o a Sudamérica y, con la excepción de un delegado de Estados Unidos, las Américas no estuvieron representadas en el congreso. El delegado norteamericano, John Reed, se refirió varias veces a México en sus intervenciones en la conferencia de Bakú, que siguió inmediatamente después del Primer Congreso de la Tercera Internacional. Siguiendo el llamado del Comintern, y bajo la presión de un movimiento obrero cada vez más radicalizado, se formaron nuevos partidos comunistas en varios países de Europa, y se intensificó la lucha entre las facciones de izquierda, centro y derecha de los partidos socialistas. Algunas figuras clave dentro del Partido Socialista Mexicano, especialmente Roy y Santibáñez, estaban ansiosos porque el partido definiera su posición dentro de la arena internacional. Sin embargo, todavía en agosto de 1919 el programa del partido reflejaba la heterogeneidad de su base y su orientación ideológica. Las cláusulas más significativas pedían la nacionalización de las minas, tierras y medios de transporte; la abolición de un ejército de planta y su reemplazamiento por una milicia del pueblo.
Las primeras invitaciones para un congreso socialista nacional vinieron de parte del Partido Socialista Mexicano a mediados de julio, siendo uno de los objetivos principales la designación de un delegado par representar al partido en "la Internacional de Berna". Presumiblemente, esto hacía referencia a los vestigios de la Segunda Internacional cuya primera reunión tuvo lugar en Berna, durante el mes de febrero de 1919. El grupo de Berna estaba integrado por partidos de derecha y centro -como el SPD y el USPD, alemanes- y fue un intento por revivir a la Segunda Internacional con una cuerda francamente antibolchevique y reaccionaria. Es un misterio cómo se llegó a mencionar la referencia de Berna en el contexto de una conferencia que nominaría a un delegado para la recién formada Tercera Internacional. Posiblemente la asistencia del Partido Socialista Obrero Español en el encuentro de Berna pudo ser un factor que confundiera a los socialistas mexicanos, quienes conocían de cerca los asuntos españoles. Mas probablemente, la referencia se debió a la completa ignorancia de los vertiginosos movimientos europeos. De cualquier modo, la referencia fue eliminada en los siguientes anuncios de la conferencia.
Al Congreso Socialista Nacional, reunido el 22 de agosto en la ciudad de México, asistieron 60 delegados acreditados por varias organizaciones. Un trabajador del Partido Socialista Mexicano informó al periódico neoyorquino The Call que "fueron invitados los delegados de todos los estados, representando a los sindicatos obreros, a las ligas de resistencia y a todas las publicaciones liberales así como a los grupos puramente socialistas y radicales".(3) De la lista de 21 firmas agregadas a la Declaración de Principios que apareció al final del congreso, es posible hacerse una idea del tipo de delegados que asistieron a la reunión. Nueve delegados representaban a sindicatos individuales o a organizaciones laborales como Cámaras Obreras; entre éstos había individuos ya vinculados a círculos socialistas como José Medina, que representaba a la Cámara Obrera de Zacatecas, y Leonardo Hernández, un delegado del Sindicato de Molineros de México. Los miembros dirigentes del Partido Socialista Mexicano que asistieron fueron Francisco Cervantes López, José Allen, Eduardo Camacho -representando a Cien Jóvenes Socialistas Rojos de México- y Roy, en representación del periódico del partido, El Socialista. La agenda estaba integrada por cinco puntos, de los cuales cuatro eran llamadas generales para el establecimiento de una definición clara de los objetivos del movimiento socialista en México y para encontrar los medios que fortalecieran al movimiento. El quinto punto proponía la "elección" de un delegado socialistas de México para la Tercera Internacional.
La mayoría de las referencias secundarias de las actividades del congreso son imprecisas y confusas, ya que sólo ha sobrevivido un fragmento de las actas del congreso. Todas concuerdan en el surgimiento de una fuerte disputa respecto a la presencia de Luis Morones, y los informes han tratado de identificar tres corrientes de opinión que se oponían dentro del congreso: la posición reformista de Morones y la CROM, la línea oportunista del aventurero norteamericano Linn Gale y la posición socialista revolucionaria de los líderes del Partido Socialista Mexicano, especialmente Roy y Allen. Mario Gill llega a decir que "se reproducía en México la batalla entre mencheviques y bolcheviques y, como en Rusia, vencieron los bolcheviques". Es dudoso, sin embargo, que la claridad de esa posición y línea fuera evidente en los procedimientos del congreso. Linn Gale y su colega filipino Fulgencio Luna, se representaban únicamente a sí mismos, aunque expresaran su simpatía por el sindicalismo revolucionario de la IWW. Morones, y otro líder cromiano, Samuel Yúdico (cuyas credenciales también fueron cambiadas), no ganaron el apoyo político de ninguno de los delegados presentes. La Declaración de Principios fue aprobada finalmente por unanimidad el último día después de que Morones se retiró del congreso. Los informes de Linn Gale sobre el congreso, que circularon ampliamente en la prensa obrera de los E.U., sin duda estaban teñidos por su animosidad personal hacia Morones. En uno de los puntos, durante las deliberaciones, Morones interrumpió a Gale blandiendo una copia de la revista en español de Gale, Nueva Civilización, que contenía un retrato del Secretario del Interior carrancista, Manuel Aguirre Berlanga, con quien Gale había tenido relaciones amistosas a lo largo de 1918 y 1919.
Según el informe que José Allen dio sobre el congreso, escrito a mediados de octubre de 1919, su decisión de poner a Morones al principio de la reunión obedeció al hecho de que el líder de la CROM llevaba credenciales de dos organizaciones radicales a las que se invitó para que enviaran delegados. "Negarle su asiento hubiera significado enfrentarse a la mitad de los delegados, y hubiera dividido al congreso desde el primer día; pero admitiéndolo y luchando contra él en un terreno limpio y abierto quedó completamente sin adeptos".
La Declaración de Principios del congreso sacó algunos de sus puntos de las conclusiones del congreso inaugural del Comintern, pero ponía mayor énfasis en aquellos puntos que estaban más cercanamente vinculados o estaban menos en desacuerdo con el pensamiento libertario. Así, en uno de los párrafos, el congreso etiquetaba de "traidor a los intereses de la clase obrera" a cualquiera que "tratara de desviar a los trabajadores hacia la creencia de que la clase trabajadora puede ser liberada por los mecanismos de la acción política, esto es, por medio de la participación en los parlamentos burgueses". En un acto que selló la decisión del congreso de afiliarse con el nuevo movimiento comunista internacional, los delegados aprobaron que se enviara un telegrama de saludo al Partido Comunista Norteamericano que en ese momento se reunía en Chicago. En su saludo, el Partido Socialista Mexicano anunciaba "Estamos nombrando delegados para la Tercera Internacional"
EL PARTIDO DE GALE
El congreso no condujo de inmediato a la creación del Partido Comunista Mexicano. El Partido Socialista Mexicano no cambió su nombre por Partido Comunista Mexicano sino hasta noviembre, varios meses después de terminado el congreso. Por lo mismo, se ha hecho una gran confusión a partir del surgimiento, a mediados de septiembre, de un Partido Comunista dirigido por el norteamericano Linn Gale. A pesar de los ataques que sufrió en el congreso, se había quedado hasta el último y había firmado la Declaración de Principios final. Poco después, sin embargo, fue expulsado del local del Partido Socialista en la ciudad de México por sus arreglos políticos con Aguirre Berlanga. De inmediato, Gale formó un Partido Comunista de México que sólo fue una organización de papel.
En lo que quedaba de 1919, Gale y su coterie de seguidores lanzaron un ataque elaborado para desacreditar las actividades del Partido Socialista bajo la dirección de Roy y Allen. El partido de Gale difícilmente era más que una oscura extensión organizativa de la revista de Gale, que se proyectaba a sí misma fuera de México casi exclusivamente en un esfuerzo por convencer al movimiento obrero y socialista de E.U. de que Gale era el único exponente del "verdadero" bolchevismo en México. Olvidando por conveniencia la historia de su propia asociación con el gabinete de Carranza y con la embajada alemana en México, Gale etiquetaba a Roy como espía del gobierno alemán y cómplice principal en la capitulación del Partido Socialista ante la estratagemas de Luis Morones y la CROM.
El partido de Gale mostró especial interés en llegar a la prensa de la IWW en Estados Unidos, y su programa y sus declaraciones públicas enfatizaban que el partido "estaba comprometido inequívocamente con el woblismo y listo para hacer todo lo posible por promover al idea de Un Gran Sindicato Unico". Al contrario del Partido Socialista (luego PCM), que disfrutaba todavía de su vínculos estrechos (aunque muy limitados) con secciones del movimiento obrero de la ciudad de México, el Partido Comunista de México existía completamente al margen de la clase trabajadora mexicana. Dos de sus miembros del Comité Nacional, los norteamericanos J.C. Parker y M. Tabler, pidieron asociarse con la IWW en Tampico, pero no existe la evidencia concreta de un contacto sustancial entre el partido y la fuerza de trabajo petrolera. El partido existió hasta principios de 1921, no habiendo podido asegurar una reunificación con el PCM. Durante poco tiempo, en el verano de 1920, publicó un periódico, El Obrero Industrial, que se autodescribía "como el órgano de la IWW en México".
POR EL CAMINO DE BORODIN
Entre el cierre del Congreso Socialista Nacional y el mes de noviembre de 1919, se tomó la decisión de crear un partido comunista que trataría de afiliarse a la Tercera Internacional. Por supuesto, la formación de ese partido ya había sido asumida con la decisión del congreso de enviar delegados a la siguiente reunión de la nueva Internacional. A principios de octubre, un grupo de miembros del Partido Socialista, encabezado por José Allen y Eduardo Camacho, comenzó la publicación del semanario El Soviet, cuyo título no dejaba dudas acerca de la dirección que el partido estaba tomando. El Soviet se describía como un "semanario de propaganda socialista", y era publicado por el Grupo "Hermanos Rojos" desde los cuarteles del Sindicato de Panaderos de la Ciudad de México.
Los editores veían a la revolución mundial encabezada por los bolcheviques rusos, los espartaquistas alemanes y los wobblies norteamericanos, abarcando no tan sólo a Europa sino también a Estados Unidos y México. Pero el lenguaje de los artículos y los slogans impresos en la página de la portada "Por la Salud y Emancipación Universal", indicaban que la inminente irrupción revolucionaria se veía aún, de una manera semi-anarquista, como la culminación de la lucha general de acción directa de las masas. La elección del nombre del periódico fue especialmente significativa. Los socialistas mexicanos, influidos por las ideas sindicalistas y libertarias, quedaron particularmente prendidos por los conceptos del soviet y el consejo de obreros, a los que les dieron un significado muy distinto al de los bolcheviques. El soviet se volvió epítome de la acción directa de la clase trabajadora comprometida en la destrucción del estado autoritario.
Roy y Allen tomaron la decisión de establecer formalmente un Partido Comunista Mexicano con la asesoría del delegado soviético del Comintern, Michael Borodin, cuya presencia en México a fines de 1919 es uno de los aspectos más fascinantes y peor comprendidos de la historia temprana del comunismo mexicano. Borodin, Mijail Gruzenberg de nacimiento, nació en Janovichi en la provincia de Vitebsk en 1884. Miembro activo de la organización revolucionaria judía, Brund, y entonces de la facción de Lenin del Partido Social Demócrata ruso, fue encarcelado por sus actividades políticas en 1906 y en este año emigró a Estados Unidos, donde se hizo miembro del Partido Socialista Norteamericano bajo el nombre de Berg. Después de la Revolución de Octubre, Borodin regresó a Moscú en julio de 1918, y ahí se unió al Comisariado del Pueblo de Relaciones Exteriores.
Aunque en esta etapa Borodin era únicamente una figura menor en el joven ministerio de Relaciones Exteriores del Estado soviético, sus doce años de residencia en Estados Unidos le habían dado el dominio del idioma inglés y una serie de contactos políticos con la izquierda norteamericana que el Estado soviético, con fuertes presiones políticas y económicas, necesitaba con urgencia. Durante los oscuros días de la guerra civil y la intervención imperialista, el gobierno soviético necesitó el abastecimiento regular de alimentos, materias primas y manufacturas para alimentar a su población y revivir su industria. En ausencia de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos, se empleó toda una variedad de recursos para revivir los vínculos comerciales con el mercado norteamericano. Durante 1919 y 1920, un Bureau del Gobierno Soviético hizo algunas operaciones en la ciudad de Nueva York encabezado por Ludwig Martens, un ingeniero ruso de ascendencia alemana y representante acreditado en E.U. del Comisariado del Pueblo de Relaciones Exteriores.
La escasez de dinero en efectivo obstaculizó igualmente los esfuerzos de Martens por organizar la asistencia comercial y técnica entre las firmas comerciales norteamericanas y la Unión Soviética, y la búsqueda de medios apropiados para resolver las urgentes necesidades financieras del Bureau pasó a primer plan entre las prioridades de las autoridades soviéticas. La primera tarea de Borodin al regresar al nuevo mundo, en el verano y el otoño de 1919, consistió en habilitar un canal para esta ayuda financiera. El gobierno soviético tenía también interés en desarrollar relaciones comerciales con México, y durante 1918 y 1919 mantuvo negociaciones con el cónsul general mexicano en Moscú buscando abrir de nuevo el comercio de materias primas. Según fuentes soviéticas, Borodin recibió su comisión como cónsul general en México el 17 de abril, en un documento que lleva la firma de Lenin.
Cuando Borodin regresó finalmente a Estados Unidos el 7 de septiembre, se le impidió llegar a Nueva York y fue detenido durante varios días en Ellis Island antes de ser liberado por las autoridades de inmigración en contra de las fuertes negativas del Departamento de Justicia.(5) Después de pasar unas cuantas semanas con su esposa en Chicago, Borodin desapareció de Estados Unidos rumbo a México. Aunque no existe información concreta de la fecha de su llegada, al parecer llegó a la ciudad de México a fines de septiembre o principios de octubre. Está claro, por tanto, que Borodin no pudo estar presente durante las deliberaciones del Congreso Socialista Nacional, como se ha creído comúnmente siguiendo las memorias de Roy y Manuel Gómez.
Las preguntas más difíciles se relacionan con las tareas de mayor escala, políticas y diplomáticas, de Borodin en su visita a México. Además de proveer fondos para el Bureau Soviético en Nueva York, ¿estaba su visita conectada con la estrategia revolucionaria del Comintern en las Américas? Los servicios de espionaje británicos y norteamericanos creían que a Borodin, antes de salir de Moscú, se le había otorgado el mismo título para Centro y Sudamérica que Martens recibiera para Estados Unidos, junto con instrucciones para influir en el gobierno mexicano con el fin de proveer a Rusia con productos alimenticios y materias primas.(6) Pero el Bureau soviético en Nueva York era primordialmente un riesgo comercial y, a pesar de las obvias filiaciones bolcheviques de Martens, sé rehusó obstinadamente a entrar a la arena política, para el desánimo de los socialistas norteamericanos. No fue sino hasta julio de 1920 que el Comintern estableció una sección con responsabilidad especial para Estados Unidos. Sin embargo, a principios de diciembre de 1919, El Soviet anunció la formación del Bureau latinoamericano de la 3a. Internacional.(7) Evidentemente llegaron noticias del Bureau Panamericano a las organizaciones del Comintern en Europa porque el Bureau Occidental (Amsterdam) del Comintern, en febrero de 1920, dio instrucciones al Partido Comunista Norteamericano "de establecer su sub-bureau para las Américas basado en el trabajo ya realizado en México". Dada la evidente falta de interés del Comintern en Latinoamérica durante esta época, y su tendencia a observar el conflicto entre los mundos imperialistas y coloniales como algo esencialmente Este-Oeste, involucrando a los pueblos de Asia y el Medio Oriente, la visita de Borodin se vuelve más problemática.
¿Cómo explicar la visita sustancial de Borodin a México, que alcanzó casi los dos meses y medio? Las negociaciones comerciales con el gobierno mexicano pudieron ser el motivo principal. En efecto, Borodin se reunió regularmente con oficiales del gobierno, incluyendo al mismo Carranza. Es claro que a Borodin también le interesaba recuperar la valiosa joyería que había abandonado en Santo Domingo, rumbo a Nueva York, destinada a ayudar al fondo de las actividades comerciales rusas y posiblemente también a las actividades del Comintern en Estados Unidos. Según Roy, a Borodin le interesaba, igualmente, asegurar el apoyo mexicano para el nuevo gobierno ruso y afianzar el reconocimiento diplomático. A Carranza lo impresionó adecuadamente la declaración rusa del apoyo de su gobierno a la lucha de los pueblos latinoamericanos en contra del colonialismo y el imperialismo y, si creemos en la versión de Roy, autorizó que Borodin utilizara los canales diplomáticos de México para comunicarse con el Comintern en Europa.
¿Cuál fue exactamente el papel de Borodin en la formación del partido Comunista Mexicano en estos meses? A su llegada a México, Borodin no hizo esfuerzos por contactar directamente al Partido Socialista. Sus primeras reuniones con Roy y los otros líderes del partido fueron arregladas sólo después de que Borodin se había acercado a varios norteamericanos simpatizantes del partido y que habían llamado su atención por el tono radical de la página en inglés del diario El Heraldo de México, que ellos editaban. Luego Borodin se fue a vivir con Roy en la residencia palaciega de este último en la colonia Roma y sólo raras veces fue visto por otros miembros del Partido socialista.(8)
¿Fue Borodin, como algunas veces se ha afirmado, quien convirtió a Roy al marxismo y al comunismo? Aparte del hecho de que un período de diez semanas difícilmente parecería el adecuado para una tarea tan vasta, está claro que el nacionalismo anticolonialista de Roy había ido tomando poco a poco un carácter socialista desde que salió de Estados Unidos a mediados de 1917. Más aún, a pesar del aislamiento real que experimentó el Partido Socialista Mexicano y sobre el cual se quejaba Francisco Cervantes López, hemos visto que el partido había comenzado a discutir su respuesta a la Tercera Internacional mucho antes de que Borodin llegara a México. Puede asumirse con razón, no obstante, que Borodin les dio a Roy y al partido una información detallada del crecimiento que hasta ese momento había alcanzado el movimiento comunista y de las diferencias cruciales entre la social-democracia y el comunismo, así como también de los requisitos para ingresar al Comintern, es decir el tipo de requisitos que empezaron a tener vigencia al año siguiente en las famosas 21 Condiciones.
NUESTRO HOMBRE EN EL PARTIDO
El 28 de noviembre de 1919, una reunión extraordinaria del Partido Socialista Mexicano cambió el nombre del partido por el de Partido Comunista Mexicano, y creó una comisión para decidir el carácter de la delegación del partido para el siguiente congreso de la Tercera Internacional. Unos días después, Borodin escribió a José Allen, Secretario General del PCM, diciendo que el partido sería admitido en el Comintern, con todos los derechos de los partidos afiliados, tan pronto como los delegados mexicanos llegaran a Moscú. Dos semanas después, el 8 de diciembre, el PCM estableció un Bureau Latinoamericano de la 3a. Internacional usando el reconocimiento que tiene por el Bureau de la Tercera Internacional en Rusia para trabajar en el Continente Americano en el estrechamiento de relaciones entre todas las organizaciones y grupos cuyos principios sean comunistas similares a los de dicha Tercera Internacional.(9)
Tanto Roy como Charles Philips (Manuel Gómez) se embarcaron en México rumbo a Europa en los primeros días de enero de 1920, y los dos se convirtieron en los primeros delegados mexicanos para el congreso del Comintern en julio de 1920.
El conocimiento que tenemos de los acontecimientos de 1919, y de los primeros años de la vida del PCM ha sido recientemente enriquecido por el descubrimiento de un valioso tesoro de documentos y periódicos relacionados con el comunismo mexicano, localizado en 1972 por quien esto escribe en los archivos del Departamento de Inteligencia Militar de E.U. (Military Intelligence Department). Entre estos materiales se encuentra una serie de reportes altamente detallados sobre los antecedentes de la formación del PCM y de las actividades subsecuentes del partido entre 1919 y 1921. El factor sorprendente es que los reportes fueron elaborados por José Allen, el primer Secretario General del PCM, para el agregado militar de Estados Unidos en México. Nacido en 1885, el abuelo de Allen fue un ingeniero en el ejército de Estados Unidos que se estableció en México a fines de la década de 1840. Ingeniero electricista por oficio, bajo su aprobación Allen fue reclutado como un agente por el mayor Campbell de la embajada norteamericana a fines de 1918, mientras trabajaba en una de las plantas de armamento del gobierno. Después de dar informes sobre la capacidad militar de México, Allen fue incitado a unirse al Gran Cuerpo Central, y lo animaron a insertarse en la política obrera radical. (10) El que Allen fuera elevado rápidamente a la posición de Secretario General del Partido Comunista es un tributo tanto a su genio como a la carencia relativa de preparación socialista de los primeros miembros del partido. Irónicamente, Allen fue arrestado y deportado de México a Estados Unidos en mayo de 1921, durante la famosa redada de 1921 contra los radicales "extranjeros", incluyendo al desventurado Linn Gale, llevada a cabo por el gobierno de Obregón. Sin embargo, no existe ninguna evidencia de que las actividades secretas de Allen dañaran a las actividades del PCM en sus primeros años, ya que sólo hasta principios de 1922 el partido tuvo la fuerza suficiente como para echar raíces sólidas entre los habitantes urbanos, las ligas campesinas y ciertas secciones del proletariado industrial.
Notas
(1). Archivo del Foreign Office (Londres) F.O. 371. 3069/21776: 2423/43175.
(2). La revista de Gale, Abril 19, 1919, p. 6.
(3). New York Call, Septiembre 3, 1919.
(4). U.S. National Archives: Bureau of Investigation of the Department of Justicie, O.G. 224875.
(5). Ibid, OG. 241749.
(6). Ibid.
(7). El Soviet, No. 8, diciembre 16, 1919.
(8). José C. Valadés, "Confesiones Políticas", Revistas de la UNAM, vol. XXIII, Núm. 10.
(9). El Soviet, Núm. 8, diciembre 16, 1919.
(10. U.S. National Archives: Bureau of Investigation of the Department of Justice, B.S. 130 202600-1913 para la confesión de Allen; R.C. 165, 10640-1402 contiene los detalles de las actividades de Allen para la embajada norteamericana.
Traducción de Antonio Saborit

Temas del comunismo mexicano Barry Carr

01/06/1982
Temas del comunismo mexicano
Barry Carr ( Ver todos sus artículos )
 
Barry Carr. Historiador, autor de El movimiento obrero y la política en México 1910-1929 (sep setentas, 1976, 2 vols). Ha publicado en Nexos "Los orígenes del Partido Comunista Mexicano", núm. 40, abril de 1981. El texto que publicamos es una versión de la ponencia que el autor presentó en la VI Conferencia de Historiadores Mexicanos y Estadunidenses celebrada en Chicago, Ill., septiembre de 1981. Es un texto escrito antes de la fusión del PCM en el actual PSUM, pero sus proposiciones siguen siendo pertinentes o lo son ahora más que nunca.
El comunismo mexicano está hoy en crisis: no en una crisis: de estancamiento, sino en una crisis de crecimiento. Durante años las prácticas internas antidemocráticas y el estrecho estilo vanguardista (acentuado por la sistemática represión estatal sobre sus miembros y actividades) mantuvieron a la organización central de ese movimiento, el Partido Comunista Mexicano, al margen de la vida política del país. La reforma política y un profundo replanteamiento de la estrategia partidaria transformaron sustancialmente la posición del partido hasta desembocar en la fusión que dio vida al Partido Socialista Unificado de México. Signos importantes de estos cambios fueron el renacimiento de la participación electoral del PCM, que condujo a la obtención de 750 mil votos en 1979 y dieciocho curules en la Cámara de Diputados, una mayor apertura en la cuestión del trabajo conjunto con otros partidos de izquierda, un fuerte incremento de la membrecía (a alrededor de quince mil) y una apertura radical del debate interno que, junto con la explosión del marxismo en México durante la última década, hicieron de este país el centro rector de los estudios de inspiración socialista y del debate marxista en el continente latinoamericano. Y sin embargo, se sostiene ampliamente que antes de la fusión, el PCM se encontraba en un estado de crisis, cuyos constituyentes básicos eran su débil inserción en la clase obrera y las masas rurales, su asunción acrítica del parlamentarismo y su incapacidad para transformar los avances democráticos recién ganados en los documentos estatutarios en una rigurosa práctica democrática en la vida diaria del partido.
Valentí Campa en la crujía en Lecumberri.
Sin duda, cualquier intento de hacer del movimiento comunista un elemento central en la lucha por la transformación radical de la sociedad mexicana tiene que vérselas con la historia del PCM; sin embargo, pese a la renovación actual del partido esta tarea apenas ha sido iniciada. Las advertencias de José Revueltas sobre la falta de "conciencia histórica" del Partido todavía suenan justas. (1) De hecho, la literatura sobre la historia del marxismo y el comunismo en México es a la vez escasa y de calidad tremendamente variable. Dejando por el momento de lado las contribuciones de los escritores y activistas comunistas, uno queda con la impresión de que los análisis académicos están más dominados por los temas de la guerra fría o por polémicas en el interior de la izquierda que por la investigación cuidadosa. El único conjunto consistente de literatura sobre la izquierda mexicana es la que se centra en el sexenio de Cárdenas. El estudioso se ve aún más desprovisto por las muy inadecuadas contribuciones hechas por el propio Partido Comunista Mexicano. A pesar de frecuentes acusaciones de que el ex PCM fue más un partido de la intelectualidad que de las masas trabajadoras, los intelectuales del PCM, con pocas excepciones, ignoraron el desafío que representa la recuperación del pasado del partido. La dirigencia comunista limitó tradicionalmente sus investigaciones históricas a celebrar cada año, ritualmente, la fundación del Partido y a ratificar el significado que tuvo para México la revolución de octubre. La prensa del Partido, con una o dos excepciones, no ha publicado mucho sobre la historia del PCM o sobre la izquierda mexicana en su conjunto. No existe una historia oficial del Partido. (ni siquiera una mala historia oficial) pese a los numerosos llamados a escribirla y el indudable entusiasmo por el trabajo histórico de su hasta hace poco, secretario general, Arnoldo Martínez Verdugo. (2). El cínico podría decir que no es gran problema la ausencia de una historia oficial del partido, y es cierto que las historias de partido "oficiales" en otros lugares son frecuentemente autojustificadoras y de estilo apologético. Pero una historia oficial podría servir al menos para asentar las características fundamentales del desarrollo del Partido, usando datos y fuentes inaccesibles para la mayoría de los investigadores que no pertenecen a él. El cínico podría argumentar también que la pobreza de la literatura refleja sencillamente la contribución marginal del Partido Comunista Mexicano y de la tradición marxista revolucionaria a la historia mexicana de nuestro siglo. Y sin embargo, a pesar de sus debilidades y errores numerosos y sustanciales, ningún estudioso de la historia moderna de México puede ignorar el papel de la organización comunista en los movimientos obrero y campesino y entre importantes sectores de la intelectualidad.
El propósito de este artículo es modesto: aislar algunos de los temas que el autor considera fundamentales que cualquier historia del marxismo y del comunismo mexicanos debe considerar y señalar algunas de sus exigencias analíticas. Esos temas fundamentales son:
1) La relación entre el desarrollo del marxismo y la tradición libertaria/anarco-sindicalista en México, que incluiría también la discusión sobre la relativa debilidad del marxismo en México y del socialismo científico en los treinta primeros años del siglo.
2) La estructura internacional dentro de la que ha evolucionado el comunismo mexicano, lo que supone retomar el sobado pero importante debate sobre el origen del PCM (la cuestión familiar de "crecimiento interno o importación exótica"), la naturaleza de las relaciones del PCM con la Internacional Comunista y con el Partido Comunista estadunidense. Un tema afín es la cuestión, a menudo descuidada del importante papel jugado por el PCM en la organización y el desarrollo de otros partidos comunistas, sobre todo en Centro América y el Caribe.
3) La conceptualización de la revolución mexicana realizada por el Partido Comunista y, más generalmente, su relación (o falta de) con la cultura nacional mexicana. Algunas de las cuestiones clave giran alrededor de la actitud del comunismo mexicano frente a los diferentes gobiernos emanados de la revolución (caudillismo revolucionario de los veintes, el giro nacionalista revolucionario con Cárdenas, el desarrollismo de Alemán a finales de los cuarentas, etc.) y la actitud de la izquierda mexicana en su conjunto ante la cada día más dominante "ideología de la revolución mexicana". 
4) La sociología del comunismo mexicano: ¿cuál ha sido la base social de la presencia comunista en el México revolucionario, en qué sectores de la clase obrera, del campesinado y de la intelectualidad encontró apoyo el comunismo?
5) Finalmente, está lo que Perry Anderson llamó la correlación nacional de fuerzas, el análisis de la relación del partido con fuerzas nacionales más amplias (clases, partidos, instituciones), tema particularmente importante si el historiador quiere evitar una visión estrecha del PCM en los términos de su lógica institucional, su ideología y su clientela particular. Esto es crucial en México, pues el comunismo nunca pudo ganarse una base de apoyo duradera entre la población. Habría también que estudiar el movimiento comunista junto al crecimiento de la CTM y del partido oficial, así como a la emergencia de corrientes formalmente no comunistas como el "marxismo legal" de Lombardo Toledano, o, en tiempos más recientes, el nacionalismo revolucionario de Rafael Galván y la Tendencia Democrática de los electricistas.
I. MARXISMO Y TRADICION LIBERTARIA
En Europa occidental y central la mayoría de los partidos comunistas fueron fruto de los efectos radicalizadores de la primera guerra mundial y de la traumática división de los poderosos movimientos social demócratas, insertados en una amplia clase obrera industrial con una larga historia de organización política. En México no existía la tradición social demócrata de la Segunda Internacional, aunque sus repercusiones no fueron tan débiles como se piensa. El "socialismo científico", tal como lo entendía la Segunda Internacional, fue ajeno al movimiento obrero mexicano, pero no faltaron corrientes de pensamiento libertario, mutualismo y una identificación recurrente de los trabajadores con los objetivos liberales de la Reforma. En ese contexto ideológico se movió la mayor parte de los trabajadores hasta bien entrada la Revolución Mexicana. Cuando estalló la primera guerra mundial, México acababa de salir de más de treinta años de dictadura; esos años no extinguieron del todo la actividad política popular y sindical, como sostiene la leyenda negra, pero sí impidieron que la pequeña clase obrera mexicana desarrollara la rica experiencia civil y organizativa que la libertad política y otras conquistas populares (y concesiones de la clase dominante) aseguraron a los trabajadores de muchos países europeos. Carentes incluso de una historia de pequeños logros en el juego político y con la memoria aún fresca de un Estado altamente represivo, se entiende la influencia del pensamiento anarquista y libertario, fácilmente sobrepuesto a la profusa hostilidad hacia el Estado característica de grandes sectores de la clase obrera mexicana.
¿Cómo medir la presencia del "socialismo científico" en México antes de 1919? Los métodos convencionales incluyen el examen de la difusión alcanzada por los escritos de la Segunda Internacional y la evaluación del impacto del socialismo en la práctica política de la clase trabajadora. Sabemos muy poco sobre la difusión de los escritos marxistas y socialistas en México antes de la revolución de 1910, aparte de unos pocos datos sobre la publicación del Manifiesto comunista y la existencia de un conocimiento generalizado, cuando menos hacia mediados de la década de 1880, de las características fundamentales del crecimiento de la socialdemocracia europea. Aunque México no recibió, como Brasil y Argentina, una importante emigración alemana y francesa, Paul Zierold, refugiándose de la legislación antisocialista de Bismarck, no perdió sus vínculos con la socialdemocracia alemana, era el corresponsal de Die neue Zeit y parece haber establecido algún contacto antes de 1912 con pequeños núcleos de sus compatriotas trabajadores cerveceros en Toluca. Ciertamente, hacia 1914, la literatura socialista europea podía ser comprada en México y tal vez circulaba ya entre círculos limitados, a juzgar por la lista de los libros disponibles en las más importantes librerías de la ciudad de México en esa época.
A pesar de lo anterior, la impresión que domina al estudioso de la época es la de una falta de penetración del socialismo científico. El político y economista carrancista Rafael Nieto, que parece haber sido el mejor informado de los personajes no socialistas, explicó en la introducción a su traducción de un conocido debate entre el líder del Partido Socialista Americano, Morris Hillquitt, y un vocero religioso, John Ryan, que "el verdadero movimiento internacional socialista es casi ignorado entre nosotros... aun entre nuestros intelectuales". En la Universidad Nacional, las clases sobre Marx se basaban en páginas de Anatole France. Entre los que se describieron como socialistas, con pocas excepciones, el socialismo de la Segunda Internacional tomó un segundo lugar frente a las corrientes socialistas utópicas y la sociología francesa radical, como puede advertirse en el recuento de escritores socialistas publicado por Rafael Pérez Taylor en 1912, cuyo El socialismo en México apenas registra comentarios sobre la tendencia marxista del socialismo: menciona dos veces brevemente a Marx en un pasaje que critica la base filosófica del colectivismo, le reprocha su concepción del trabajo como única medida del valor y también su negación de la relevancia de conceptos tales como escasez y utilidad.
Aun así, el "socialismo" gozó sin duda de un prestigio muy grande entre un amplio sector de intelectuales y de personalidades políticas durante la revolución armada. Los términos "socialismo" y "socialista" eran muy utilizados y, si bien resulta tentador burlarse de las a menudo cómicas "lecturas" de la tradición socialista, es importante preguntarse por qué tanta gente se sintió obligada a identificarse con las corrientes socialistas. Parece claro que los planteamientos socialistas encubrían posiciones esencialmente populistas y estatistas. El uso del término reflejaba muchas veces la visión, cada vez más aceptada, de que el objetivo supremo del Estado revolucionario era el establecimiento de la paz social y del bienestar colectivo por medio de un riguroso equilibrio de clases. Pero para otros, "socialismo" era una palabra en clave que distinguía a los sectores que se identificaban con la revolución y los que se ubicaban en el bando reaccionario. Rafael Nieto describió bien la situación en un artículo publicado en 1926.
En Francia los liberales con fuertes adherencias conservadoras se llaman radicales socialistas y republicanos socialistas. No es pues extraño que en México los conservadores se hayan llamado cooperatistas y que se crean socialistas todos los que no se sientan reaccionarios.
Después de 1917, el impacto de la revolución rusa dio por un momento más prestigio a las ideas socialistas y no sólo entre los obreros y los intelectuales progresistas, a juzgar por los comentarios favorables sobre los eventos en Rusia de hombres como Gómez Morín. La discusión académica sobre el impacto de la revolución rusa en la izquierda mexicana es típicamente formalista y nebulosa, limitada a las afirmaciones generales sobre la naturaleza masiva y "trascendental" de los cambios que trajeron los eventos de 1917. Casi nunca se da un esfuerzo para tratar la cuestión de cómo la revolución rusa afectó a qué sectores de la sociedad mexicana, o de qué manera fue interpretado el nacimiento del estado soviético. Dada la orientación libertaria de los sectores más radicales de la clase obrera y de la intelectualidad mexicanas, era inevitable que la revolución bolchevique y sus innovaciones sociales y políticas fueran vistas a través de los lentes libertarios. Los acontecimientos revolucionarios de Rusia, a menudo filtrados en las páginas de la prensa anarquista española, solían interpretarse de acuerdo con las creencias anarquistas y sindicalistas. Así, los círculos radicales mexicanos ponían especial énfasis en los soviets o consejos obreros como la institución decisiva de la revolución rusa, la cual era, para muchos, un magnífico ejemplo del principio de la acción directa y de las familiares consignas libertarias del antimilitarismo, de la libertad individual y del aplastamiento del estado burgués. Las "lecturas" libertarias de la revolución rusa se vieron también facilitadas por el carácter espontaneísta de muchos de los escritos de Lenin entre 1918 y 1919.
LA HUELLA ANARCA
¿Y que de la práctica política socialista? El primer foco real de actividad política socialista fue el Partido Obrero socialista fundado en 1911 por Paul Zierold. No es tarea fácil descifrar la posición teórica y política del POS ya que su membrecía y su prensa incluían todo el abanico del pensamiento radical del México de entonces. No cabe duda, sin embargo de su oposición al magonismo y a las posiciones antiparlamentaristas y antiestatalistas de principio. El Partido Obrero Socialista, por muy débil que haya sido, se consideraba parte del movimiento socialista internacional. En una comunicación congratulatorial enviada al SPD alemán en enero de 1912, el POS proclamó que "nuestros maestros en filosofía fueron alemanes y la filosofía alemana produjo el socialismo científico".
Durante las luchas faccionales de 1914 a 1916. el POS simpatizó con Zapata, contrastando fuertemente con las posiciones proconstitucionalistas de algunos grupos de la Casa del Obrero Mundial. Después de muchos años de virtual inactividad. el partido resurgió a finales de 1917 bajo el liderazgo de los licenciados Adolfo Santibáñez y Francisco Cervantes López y se alineó claramente junto al Movimiento socialista europeo y con la revolución rusa. El sentido del aislamiento intelectual del POS, sin embargo, puede apreciarse a partir de algunos comentarios de Cervantes López hechos en abril de 1919. En un artículo de El Socialista señaló que la doctrina socialista era prácticamente desconocida en México, en donde el analfabetismo es un fuerte problema y el anarquismo domina a los obreros. El Partido Comunista de México (adoptó el nombre de Partido Comunista Mexicano en 1943) emergió del POS a finales de 1919. No hubo, propiamente hablando, ninguna escisión dentro del pequeño partido a pesar de los intentos posteriores de escritores por identificar tendencias claramente definidas que se manifestaron en el Congreso Nacional Socialista de finales de agosto que prefiguró la decisión de fundar un partido comunista.
Aunque en su primera fase el Partido obrero Socialista había permanecido totalmente al margen del proletariado, el partido revivido atrajo el apoyo de numerosos sectores de la clase obrera de la ciudad de México, mientras que los elementos más radicales o rojos se alejaron del colaboracionismo de clase y de la posición favorable a la AFL de la recién establecida CROM. Como los panaderos, los trabajadores textiles, operadores de teléfono y otros rojos eran de orientación libertaria, su fusión temporal con los socialistas creó un joven partido comunista con una base ideológica extremadamente heterogénea y con una potencialidad para desacuerdos severos acerca de cómo interpretar la estrategia dictada por la Tercera Internacional. Esta confluencia de tendencias anarquistas y marxistas sobre la cual tanto énfasis ha hecho la literatura sobre el comunismo mexicano no era sin embargo un fenómeno exclusivamente mexicano, y ni siquiera latinoamericano. Entre 1918 y 1922, los primeros movimientos comunistas en varios países europeos como Italia Francia, Holanda, Alemania, Hungría, etc. estaban lejos de ser "clásicamente" marxistas y "bolcheviques". Allí también las corrientes marxista, sindicalista y comunista de izquierda coexistieron durante muchos años.
La coexistencia de elementos marxistas y libertarios en el joven Partido Comunista de México creó una seria tensión que se manifestó de manera más clara en la inicial oposición del partido al parlamentarismo y a la participación en las elecciones (1921-2), y en la resistencia de algunos sectores a adoptar la estrategia de trabajo sindical dentro de y junto a la "reformista" CROM, como parte de la táctica de frente único de mediados de los años veinte. La enredosa cuestión a la que se tiene que enfrentar el historiador del comunismo mexicano es la de la periodización de esta relación simbiótica entre las creencias marxistas y libertarias. ¿En qué punto podemos distinguir claramente ambos fenómenos? ¿Cuántos comunistas de los años veinte son de hecho simpatizantes de las ideas sindicalistas o anarquistas? Parece claro que el rompimiento ente ambas tradiciones no se puede reducir a la ruptura formal entre el Partido Comunista y la CGT en octubre de 1921. Algunas características de la herencia libertaria son visibles en la práctica del partido a lo largo de los años veinte y treinta, se dan ecos de este pasado hasta en los años sesenta y comienzos de los setenta en la estrategia electoral abstencionista del PCM, y más recientemente en la atracción ejercida sobre muchos trabajadores por las posiciones virulentas anti-PCM de la Unidad Obrera Independiente dirigida por un antiguo miembro del partido, Juan Ortega Arenas. Pero acaso la tarea más urgente y dolorosa, al menos para los marxistas más conservadores, es la de una evaluación objetiva de la contribución del anarquismo y del anarcosindicalismo a la izquierda mexicana. Haríamos bien prestando atención a los comentarios de José Revueltas:
el Partido Comunista, ceñido a moldes esquemáticos, condena en el anarco-sindicalismo la teoría abstracta de los ideólogos clásicos de la anarquía a nombre de Marx, pero sin advertir en cambio lo que el gran movimiento sindical de las masas anarco-sindicalistas representaba de positivo por cuanto a la independencia de la clase obrera dentro del proceso democrático burgués de la lucha.
II. EL REGAZO INTERNACIONAL
Ningún estudio de partidos comunistas puede ignorar la dimensión internacional de lo que era, ante todo, un movimiento que rebasaba las fronteras nacionales. La Comintern, fundada en 1919 (y disuelta en 1943) aporta los elementos fundamentales de este proyecto. Establecida sobre las ruinas de la Segunda Internacional, la Tercera Internacional, una "Internacional de acción", era, como lo señalaron Claudín Anderson y otros, "un fenómeno sociológicamente único... una organización que exige una lealtad absoluta, una fidelidad disciplinada de sus secciones". Esto no debe oscurecer el hecho de que durante los cinco primeros años de existencia de la Comintern, el proceso de creación de la famosa estructura disciplinada y centralizada de los años posteriores fue un proceso lento y a menudo contradictorio. Problemas de comunicación y otros complicaron la comprensión y el dominio de la situación europea, de tal manera que resulta aún más difícil aceptar la seriedad de los recuentos que señalan una correspondencia perfecta desde el comienzo entre las acciones del partido mexicano y el Comité Ejecutivo de la Comintern. (3)
Está aún por determinarse hasta qué punto la Comintern determinó a la dirección y el estilo del Partido comunista de México en los diferentes periodos de su historia, así como la naturaleza de la relación del PCM con el Partido Comunista estadunidense, que desde 1920 recibió de la Comintern obligaciones especiales de "supervisión" de sus partidos hermanos de Latinoamérica. Las relaciones con el CPUSA fueron muy estrechas durante los treinta primeros años de vida del PCM, en los cuales dirigentes del CPUSA figuraron de cuando en cuando como miembros de la dirección del PCM, guiaron el sentido de las decisiones en los plenos claves del comité central o actuaron como árbitros finales en las grandes discusiones de la época. El contenido y los límites de esta relación casi tutelar deben revisarse con cuidado porque iluminan la doble dependencia del PCM en la arena internacional.
Conviene no incurrir en explicaciones simples y reduccionistas que presentan la historia del partido como una serie de incidentes en los cuales la organización local responde pasivamente a los agentes de la Comintern y al oro de Moscú. Es necesario reconocer que la política y las directivas del Comintern eran muchas veces bien recibidas y aceptadas con gran entusiasmo por los dirigentes nacionales de los partidos comunistas y las circunstancias que explican este "paralelismo" de intereses deben ser exploradas en cada contexto nacional. En algunos casos las directrices de la Comintern eran anticipadas o prefiguradas por desarrollos mexicanos que se dieron de manera bastante independiente del contexto internacional. Una última advertencia se refiere al peligro de tomar como un hecho la homogeneidad internacional del movimiento comunista Todos los partidos, por muy obedientes y "estalinizados" que estuvieran, asimilaron inevitablemente muchas de las características peculiares de las culturas y tradiciones de sus países.
La estructura internacional debe ser estudiada desde los primeros días del nuevo Partido Comunista de México. Los antecedentes inmediatos y los primeros años del Partido están ocultos en el misterio y el mito. En su serio recuento, Boris Goldenburg engloba este período bajo el subtítulo: Vodevil, sátira, ironía y significado profundo, que añadió a un capítulo de su libro sobre el comunismo latinoamericano. Por su parte, Jean Meyer caracteriza erróneamente al PCM en sus primeros años como "un partido totalmente artificial, inventado desde arriba y dirigido por extranjeros". Como lo señaló Hobsbawm en un importante artículo sobre los problemas de la historia comunista, todos los partidos comunistas fueron hijos "de una asociación poco afortunada, una izquierda nacional y la revolución de octubre, un matrimonio basado tanto en el amor como en la conveniencia" (4). No hay duda acerca de la importancia del papel desempeñado por M. N. Roy, Mijail Borodin y varios socialistas y pacifistas estadunidenses en el nacimiento del PCM, pero las intervenciones, años después, de Sen Katayama y de Louis Fraina no fructificaron, y solamente Bertram Wolfe, el socialista suizo Edgar Woog y el exiliado cubano Julio Antonio Mella tuvieron alguna influencia sobre la dirección del partido en los años veinte.
El papel jugado por los extranjeros no debe impedirnos ver el hecho central de que el nacimiento del Partido Comunista de México fue, en lo fundamental, una respuesta de los mexicanos a la situación del movimiento obrero local y de la sociedad y la política mexicanas. La derrota de la huelga general en la ciudad de México en 1916 y la disolución de la Casa del Obrero Mundial estimuló un importante replanteamiento de la estrategia obrera que dio lugar durante los siguientes tres años a la formación de dos corrientes en el seno de la clase obrera: el sindicalismo "reformista" de la CROM, fundada en 1918, y la fusión temporal de corrientes anarcosindicalistas y marxistas en el efímero Gran Cuerpo Central de Trabajadores y en el Partido Comunista de México a finales de 1918 y en 1919.
A pesar de que el PCM era un miembro leal de la Comintern en los años veinte, es importante darse cuenta de que los partidos comunistas latinoamericanos gozaron probablemente de un amplio margen de flexibilidad, si no de autonomía, como resultado del descuido del continente por los cuerpos de dirección de la Comintern. El optimismo revolucionario en Europa durante los años rojos, combinado con una tendencia a ver el conflicto entre los mundos imperialistas y coloniales en términos de un eje oeste-este que incluye a los pueblos de Asia y de Medio Oriente (estos últimos hacían frontera con el joven estado soviético en pie de guerra), explican probablemente este serio caso de miopía histórica. La Tercera Internacional sólo dio plena atención a Latinoamérica hasta finales de los años veinte y es sintomático de esta tardanza el que la primera discusión completa de la estrategia revolucionaria en América Latina (incluyendo a México) se diera hasta el sexto congreso de la Comintern. en 1928.
CUATRO CONSEJOS DE LA COMINTERN
¿Cuáles fueron, entonces, las coyunturas en que la Comintern jugó un papel decisivo? En primer lugar el viraje a la izquierda del así llamado tercer período de la Comintern inaugurado en 1928 y cuyas características claves en México fueron asentadas en el famoso pleno del comité central del PCM de julio de 1929. Se concluyó en esa reunión que los regímenes de Calles y de Potes Gil habían capitulado ante el imperialismo angloamericano y que la lucha de las recién radicalizadas masas debía tomar una forma anticapitalista y antimperialista sin compromisos. El resultado fue una condena indiscriminada del bloque revolucionario caudillista y una posición intransigente frente a los sectores meramente "reformistas" de la sociedad mexicana. No se puede dudar del impacto de la posición de la Comintern en esto, pero debe tomarse en cuenta que el giro del PCM también estuvo determinado por consideraciones locales, como los ataques al Partido y la clausura de El Machete después de la rebelión escobarista. Hacia mediados de 1929 el PCM, a diferencia de la mayoría de los partidos europeos, fue forzado a entrar en la clandestinidad, aunque no en un estado de ilegalidad total, como a veces se cree erróneamente. El hecho es que la represión durante el maximato no fue precisamente una ayuda para el desarrollo de finos análisis sobre las contradicciones en el seno de la burguesía.
En segundo lugar, los cambios en la actitud del PCM hacia el gobierno de Cárdenas: la sustitución de la consigna Ni con Calles ni con Cárdenas y de la posición según la cual Cárdenas estaba preparando el camino hacia el fascismo, por la consigna de Unidad a toda costa. A resultas del abandono de las posiciones ultraizquierdistas anunciado en el séptimo congreso de la Comintern de agosto de 1935, la dirección del PCM asumió rápidamente la política de crear un "frente popular antimperialista" junto con sectores del PNR y con grupos campesinos y obreros no comunistas. Diez meses antes, sin embargo, en una reunión de partidos comunistas latinoamericanos en Montevideo, el PCM ya había reconocido la posibilidad de establecer un frente único con sectores del partido oficial. La influencia del PCM en el movimiento sindical aumentó drásticamente entre agosto de 1935 y 1937, y la influencia del partido en la nueva federación obrera, la CTM, podía verse por las tres secretarías en manos de militantes del PCM y por la muy fuerte influencia de los sindicatos industriales (ferrocarrileros, petroleros) en los que intervenía decisivamente. La oposición a la política cada vez más antidemocrática y anticomunista de Lombardo Toledano y de Fidel Velásquez condujo al PCM, sin embargo, a retirar su base sindical durante el célebre cuarto consejo de la CTM. La decisión fue revocada pocos meses después, cuando el pleno de junio del comité central llamó a la reunificación con la CTM y al regreso de los sindicatos que se habían retirado de la central sindical. Pero la reunificación se dio en los términos impuestos por el ala derecha de la CTM, y la influencia del PCM en la más poderosa central sindical mexicana disminuyó de manera desastrosa y prácticamente irrevocable.
La causa inmediata del cambio de la posición del PCM fue la intervención del secretario general del CPUSA, Earl Browder, que asistió a las sesiones del pleno de junio e influyó en la formulación de la consigna Unidad a toda costa. Sin embargo, otra vez la intervención de la Comintern sólo puede ser entendida cabalmente en el contexto de las decisiones anteriores del PCM que prepararon el terreno para el cambio de política. La discusión en el sexto congreso del PCM (1939) con sus presunciones simplistas y acríticas sobre la posible transformación del régimen de Cárdenas en un gobierno nacional revolucionario y en el núcleo de un frente popular, demuestran que la política de la Unidad a toda costa tenía que ver con errores anteriormente cometidos por la dirección del partido.
El tercer episodio de influencia de la Comintern se refiere a la crisis de dirección de 1939-1940 que provocó la expulsión de Hernán Laborde y de Valentín Campa del Partido. Aquí también la dimensión externa se hizo muy evidente con la presencia de tres delegados de la Comintern o representantes de partidos hermanos de Latinoamérica en el pleno de diciembre de 1939 que desencadeno la campaña para expulsar al grupo de Laborde y Campa. Las Memorias de Campa arrojan nueva luz sobre este período crucial cuando señala que el primer motivo de su expulsión fue su oposición y la de Laborde a la presión soviética sobre el PCM para facilitar los preparativos del asesinato de Trotski.
La cuarta y última coyuntura se refiere al impacto del browderismo sobre el PCM. La peculiar concepción de Browder del papel del CPUSA en la era posterior a los tratados de Teherán condujo a la liquidación parcial del partido estadunidense y tuvo un impacto profundo, si bien breve, sobre varios partidos latinoamericanos en 1944 y 1945. Aunque el PCM nunca fue tan lejos como sus partidos hermanos (el partido cubano, por ejemplo), sí asimiló de manera acrítica el experimento browderista de marxismo creativo: disolvió sus células de fábricas y fundó la Liga Socialista Mexicana inspirada en la experiencia de la Communist Political Association de los Estados Unidos. La publicación de la famosa carta de Duclos en la revista comunista francesa Cahiers du Communisme en abril de 1945 acabó abruptamente con esta fase del comunismo en América. Otra vez, si bien la carta de Duclos fue la ocasión para replantear y rechazar la estrategia semiliquidacionista llevada a cabo por el PCM en el último período de la segunda guerra mundial, no explica por sí sola el cambio. La línea del PCM aplicada bajo el impacto del browderismo había provocado gran descontento en las filas del Partido, y había habido una resistencia generalizada a la decisión, por ejemplo, de disolver las células de fábrica. El cambio de línea aparece una vez más como un fenómeno complejo que no puede reducirse a la operación de una sola variable.
III. DESCIFRANDO LA REVOLUCION MEXICANA
Uno de los aspectos más intrigantes de la historia del comunismo mexicano es su cambiante respuesta como partido revolucionario frente a una revolución no socialista que monopolizó rápidamente la retórica de la lucha revolucionaria. Puesto que durante mucho tiempo el PCM fue presa voluntaria de lo que llegó a conocerse como "la ideología de la revolución mexicana", necesitamos referirnos al señalamiento de José Revueltas de que en México la ideología democrático-burguesa
asume para sí misma la conciencia socialista, la hace suya, y reduce a la ideología proletaria a convertirse cuando mucho en su extremo más radical, en su ala izquierda.
Esta subordinación del PCM a la "ideología democrático-burguesa" no empezó con la existencia del Partido. El Partido Comunista de México empezó su vida con un florecimiento de radicalismo, de oposición principista al Estado y a su parafernalia de elecciones y de cámara de diputados. El planteamiento más elocuente de esta posición es la advertencia de José Valadés en el primer congreso del Partido sobre la necesidad de que los obreros no se mezclaran en luchas políticas de caudillos rivales, a las que llamó "motines políticos". El congreso condenó enfáticamente la participación comunista en las elecciones. Las posiciones intransigentes del período 1920-1923 y las caracterizaciones simples del régimen de Obregón como "burgués" reflejan el peso tremendo de las influencias libertarias y anarquistas en el Partido en esa época.
De 1923 a 1928 el PCM comienza a esbozar una posición más matizada sobre la naturaleza de los regímenes postrevolucionarios. Se conserva la retórica militante, pero los regímenes de Obregón y Calles son definidos como pequeño burgueses, frágiles, atrapados entre el imperialismo anglo-americano y la todavía muy poderosa élite agraria (neofeudal). En respuesta a lo que se vio como un ataque del imperialismo y sus aliados mexicanos (la revuelta de De la Huerta), el Partido organizó milicias campesinas en defensa del régimen de Obregón a finales de 1923 y principios de 1924. En esa época la estrategia de frente unido de la Comintern se instrumentó con escaso éxito a nivel sindical, el Partido trabajo con algunos sectores de la CROM y de la CGT, pese el fuerte anticomunismo de la dirección de la primera.
El tercer período de la Comintern produjo una alteración sustancial en el rumbo del Partido, que dio a conocer una condena en bloque de los regímenes del maximato y de su capitulación frente al imperialismo angloamericano, junto a una típica denuncia de los peligros del socialfascismo. El viraje hacia la izquierda vio la emergencia de la primera central sindical nacional comunista, la CSUM, en 1928. La inauguración del sexenio de Cárdenas y su política nacionalista revolucionaria coincidió con el abandono internacional del Ultraizquierdismo y su reemplazo por la estrategia de frente popular. Exceptuando una "aberración" de pocos meses, el PCM asumió la nueva línea con entusiasmo creciente, y la noción de frente popular comenzó a identificarse con el mismo PNR/PRM. La consigna de Unidad a toda costa inauguró un largo período, de más de veinte años, en el que el PCM siguió la estrategia de "empujar la revolución mexicana hacia la izquierda". La estrategia incluía muchas técnicas cuestionables, incluida una aceptación acrítica de la necesidad de la "unidad obrera" que significaba, en la práctica, el apoyo a la dirección antidemocrática que la CTM siguió en los años cuarenta; un intento infinito y estéril por ingresar al partido oficial y el ingreso al PCM de varios personajes que querían utilizar al partido como trampolín en su búsqueda de puestos en el gobierno y en la burocracia sindical. 
Pese a la condena formal, en 1940, de la interpretación oportunista dada a esta estrategia por la dirección de Laborde, el Partido no cambió sustancialmente de política durante los años cuarenta. Avaló una línea de "paz de clases" durante la segunda guerra mundial y brindó su apoyo a la administración de Miguel Alemán durante sus primeros dos años, como parte del entusiasmo productivista por la tarea de industrializar a México. (5)
El decimotercer congreso del PCM, en 1960 marcó un cambio masivo de línea, la primera gran renovación del Partido, un proceso lento y contradictorio. Entrañaba un repudio de la adulación a Lombardo Toledano y al lombardismo, y los primeros intentos reales para enfrentar la naturaleza específica del capitalismo mexicano. Esta última tarea obligaba a abandonar la noción (inspirada en la Comintern) de México como una sociedad semicolonial y a reconocer los cambios tremendos en la estructura de clases del país que trajo el rápido crecimiento del capitalismo de la postguerra en las ciudades y en la agricultura mexicana. El cambio más decisivo en el bagaje teórico del PCM fue el rechazo de la "ideología de la revolución mexicana" y la convicción de que el ciclo de las revoluciones burguesas en México se había completado definitivamente. La vía estaba ahora abierta para abandonar las versiones de dos fases de la transición revolucionaria y para anotar claramente en la agenda el establecimiento de un México socialista. (6)
IV. QUE PLANTEAN, CUANTOS SON Y QUIEN LOS PATROCINA
La mayor parte de lo que se ha escrito sobre el PCM se refiere a la estrategia, las luchas interna y la ideología, no a la base social del Partido y las relaciones cambiantes con los movimientos de masas, con la intelectualidad, etc. La investigación, por consiguiente, debiera orientarse hacia dos áreas claves: 1) El repaso de las estadísticas históricas sobre la membrecía del PCM, incluyendo datos sobre el número de militantes a lo largo del tiempo, edad, sexo y distribución geográfica, y una desagregación de los datos por clases y ocupación. 2) El examen del impacto del PCM en los centros de trabajo, particularmente sobre los trabajadores agrícolas, manufactureros, del transporte y de la educación. Las tendencias generales de la membrecía del PCM desde los años veinte son bastante claras. El Partido permaneció minúsculo a lo largo de los años veinte debido a su grave debilidad organizativa, a los cambios abruptos en la dirección y a la resistencia continua de los militantes comunistas a las estrategias de frente unido de trabajo en el interior de la CROM y de los sindicatos independientes. La violencia intercaudillista de esa época también hizo lo suyo. La rebelión de De la Huerta, por ejemplo, destruyó los vínculos entre el cuerpo central del Partido y sus ramas locales, la mayoría de las cuales fueron destruidas por los rebeldes (Veracruz, Yucatán, Michoacán, etc.). Hacia finales de 1928, la organización del Partido se había recuperado hasta tal punto que funcionaban treinta locales a lo largo y ancho del país con 1,500 miembros. (El Machete, 17 de marzo, y 4 de agosto de 1928). La recuperación fue deshecha rápidamente, sin embargo, por la represión desencadenada durante el maximato y por el sectarismo del PCM durante su época ultraizquierdista, de tal manera que hacia los comienzos del sexenio de Cárdenas el partido no tenía más miembros que diez años antes.
La edad de oro del PCM fue sin duda la segunda mitad de los años treinta, cuando su membrecía aumentó a saltos en concordancia con la estrategia económica y política cardenista, con el nacimiento de los grandes sindicatos industriales y la consolidación del poderoso movimiento magisterial. La crisis de dirección de 1940 y un viraje hacia la derecha de la política gubernamental, que hizo de la membrecía del partido un trampolín mucho menos útil para tener influencia en los sindicatos y en la política, afectaron dramáticamente su crecimiento. Las expulsiones masivas de 1943 y de 1947 redujeron aún más el número de miembros del PCM. La formación del Partido Obrero Campesino en 1950 y las deserciones que favorecieron al Partido Popular de Lombardo Toledano (al que, irónicamente, el PCM había prestado algunos de sus cuadros), profundizaron la decadencia del partido. La cifra de 1,900 miembros en 1960 es probablemente una exageración ya que, dejando de lado la significativa base campesina en La Laguna, el PCM parecía a punto de desaparecer en vísperas de su decimotercer congreso. Necesitamos cuidarnos del peligro de sacar conclusiones simplistas sobre la influencia del PCM basadas únicamente en esos datos. El modesto número de miembros del partido en los años veinte, por ejemplo, subestima el impacto de su papel en la organización campesina y en el trabajo antimperialista en esa época.
Cuadro 1
Número de miembros del PCM(7)
Noviembre de 1922
1.500
Enero de 1939
25,000
Abril de 1925
191
Enero de 1939
30,125
1927
600
1944
5,331
Julio de 1929
1,500
Marzo de 1945
10,000
Diciembre de 1934
600
Noviembre de 1947
15,559
Junio de 1936
5.000
1960
1,900
Enero de 1937
10.000
1974
1.500(800)
Junio de 1938
17.756
1981
15,000
Dada la patética insuficiencia de la información disponible para el estudio de la distribución geográfica y la composición de clase de la membrecía del PCM en los años veinte, treinta y cuarenta, cualquier tipo de conclusión derivada de estos cuadros necesita ser considerada como la más tosca de las indicaciones sobre tendencias. La imagen de la composición de clase a finales de los años treinta y de los años cuarenta que da el Cuadro 2 es la de un partido con un carácter cada vez más obrero y campesino que contrasta con el partido cada vez más de clase media de los años setenta y comienzos de los ochenta. Las cifras sugieren también un incremento del peso del campesinado en el período 1938-1947. Esto parecería confirmar otros datos que señalan considerable pérdida del apoyo obrero sufrida por el partido durante la baja de membrecía de los años cuarenta; el apoyo campesino al PCM parece haber sido más estable. Queda por ver hasta qué punto la escisión en el movimiento comunista que resultó de la formación del POC en 1950 afecto la estructura de clase del PCM.
A falta de datos sobre la distribución geográfica de la membrecía del Partido Comunista en los años veinte, se incluyó en el Cuadro 3 un desglose de la distribución de El Machete. Aunque la circulación de los periódicos del PCM fue siempre mucho más alta que el total de sus miembros activos, la obligación de los militantes de vender la prensa del Partido hace de estos datos un indicador aproximado de las zonas de influencia del PCM. (10) Los datos de la circulación de El Machete en 1928 muestran un alto grado de concentración (los cinco estados de mayor circulación se llevan el 60% del total de las ventas), mientras que en 1939 los miembros del Partido están mejor distribuidos en el país (los cinco estados con mayor número de militantes suman el 39% del total). Se da cierta continuidad en la presencia del PCM en Veracruz, Coahuila y el Distrito Federal (tres zonas importantes en ambos períodos), pero llama la atención su declinación en algunas regiones y su progreso en otras. Mientras que en 1928 una gran parte de la influencia del Partido se concentraba en Jalisco (minería), en Tamaulipas (sobre todo alrededor de la región petrolera de Tampico) y en Puebla (ferrocarrileros, trabajadores textiles y campesinos), para 1939 estas zonas habían perdido su importancia relativa y aparecieron nuevas zonas fuertes, sobre todo Sinaloa (ejidatarios azucareros), Chiapas (cafetaleros) y Nuevo León (ferrocarrileros, trabajadores metalúrgicos).
LA BASE AGRARIA DEL PCM
Dada la estructura predominantemente agraria de la economía mexicana durante la mayor parte del siglo, no sorprende que la mayor y más estable fuerza del PCM se ubique en el campo De hecho, el mexicano se cuenta entre los primeros partidos comunistas en el mundo que consiguió establecer y mantener un bloque obrero-campesino. Esto resulta sorprendente dada la desastrosa posición inicial del partido en lo que se refiere a la reforma agraria. En su primer congreso (en diciembre de 1921), el concepto de "parcelización" fue atacado vigorosamente siguiendo a las caracterizaciones soviéticas y de la Comintern del ejido como una variante mexicana del mir ruso. Los comunistas mexicanos, sin embargo, jugaron un papel dirigente en la organización de las ligas de comunidades agrarias en los años veinte en Puebla, Veracruz, Michoacán, Durango y otros estados, y la organización nacional de las ligas, la Liga Nacional Campesina, estaba vinculada orgánicamente al PCM y estaba afiliada a la Krestintern.
La "deserción" de Ursulo Galván en 1929 debilitó gravemente la influencia del PCM en la organización campesina más radical de México, pero el amplio ataque al poder económico y político del latifundio durante el sexenio de Cárdenas permitió al PCM convertirse en una fuerza dirigente en la reorganización económica y política de la producción agrícola en varias zonas claves sobre todo en la región de La Laguna, en el norte de Sinaloa, en Chiapas y en los plantíos de arroz y de lima de Michoacán (Lombardía y Nueva Italia). En muchas de estas zonas (como en Michoacán), los militantes comunistas ayudaron a organizar y a dirigir las huelgas de los trabajadores agrícolas que jugaron un importante papel en la expropiación de las grandes propiedades. Las principales zonas de influencia del PCM fueron también en un comienzo los centros principales de agricultura colectivizada, en contraste con la orientación hacia la parcela familiar de la mayoría de los ejidos creados en los años treinta; por supuesto, el tono colectivista de la agricultura posterior a la expropiación concordaba mejor con la filosofía agraria del partido.
Solamente en la región de La Laguna y Durango, y en menor medida en Sonora y en partes de Guerrero y Puebla, el PCM pudo mantener una base de apoyo sólida en las décadas siguientes, pero aún carecemos de información para saber el por qué esto fue así. Debemos ser precavidos con las generalizaciones relativas a la falta "de una auténtica preocupación por el objetivo de los campesinos de poseer sus tierras", y debemos tener en mente cómo la fortuna cambiante de las relaciones del partido con los detentadores del poder local (gobernadores, por ejemplo) influyó en las responsabilidades de mantener una presencia comunista importante (el caso de las relaciones del PCM con el tejedismo en Veracruz es un ejemplo obvio). En la región azucarera de Los Mochis, Sinaloa -en donde el brazo local del PCM (cuya membrecía llegó a los 1,200 militantes) consiguió establecer una virtual sociedad paralela, una "pequeña Rusia", entre 1937 y 1942-, la subordinación del Partido al PRM, que formaba parte de la estrategia de Unidad a toda costa, promovió "la incorporación a la política oficial corrupta de antiguos cuadros progresistas o bien su aislamiento dentro del aparato burocrático charro".
Las debilidades en la práctica teórica del Partido Comunista Mexicano también contribuyeron a la imposibilidad de consolidar sus éxitos iniciales en el campo. La posición cómodamente atrincherada en el partido de los ejidatarios de La Laguna y los fuertes vínculos históricos que ataban a Dionisio Encina a esta comarca obstruyeron los intentos de analizar el significado de los importantes cambios de la economía mexicana en el período de postguerra. Durante más de veinte años la dirección del partido ignoró el crecimiento tremendo de las relaciones sociales capitalistas en la agricultura y la emergencia consecuente de un proletariado rural cualitativamente nuevo, y frustró abiertamente los intentos por reorientar su estrategia hacia la organización de las nuevas generaciones de campesinos sin tierra. (10)
Extracción social de miembros del PCM8
Junio de 1938
28 de enero de 1939
17,756 miembros
30,125 miembros
5,592 obreros (35%)
33% obreros
3,972 campesinos (11%)
37.4% campesinos
7,792 otros

sectores (54%)
29.6% otros sectores
1947

15 de enero de 1939
15,559 miembros
25,000 miembros
4,749 obreros (30.5%)
34% obreros
7,595 campesinos (48.8%)
24% campesinos
877 maestros (5.6%)
41% otros sectores
2,339 otros sectores (15%)
Cuadro 3
Distribución geográfica de la influencia y de la membrecía(9)
Marzo de 1928
Diciembre de 1939
(circulación de El Machete)
(membrecía)


Nuevo León
13.0%


Chihuahua
7.0%
Veracruz
17.3%
Veracruz (Jalapa

Puebla
11.9%
y Cerro Azul)
6.9%
Tamaulipas
11.8%
Sinaloa
6.1%
D.F.
9.4%
Coahuila
6.0%
Jalisco
9 4%
Chiapas
5.9%
Coahuila
5.9%
D.F.
5.7%
Durango
3.6%
Durango
4.7%
Nuevo León
2.9%
Hidalgo

Oaxaca
2.8%
(Pachuca)
3.4%
San Luis Potosí
2.6%
Yucatán
3.1%
Sonora

Guanajuato

Michoacán

Campeche

Hidalgo

México

Chihuahua

Tamaulipas
2.6%
México

Nayarit

Guanajuato

Guerrero

(Traducción de Rodrigo Martínez)
NOTAS
(1) José Revueltas: Ensayo sobre un proletariado sin cabeza. (México, Era, 1980)
(2) Las excepciones más notables son los ensayos sobre el impacto de la revolución rusa de Mario Gill, una colección de los escritos de Julio Antonio Mella en El Machete durante los años veinte, las memorias de Valentín Campa, un relato de las huelgas ferrocarrileras de 1926-27 del veterano comunista sindicalista Elías Barrios y una reciente cronología de la historia del partido. La única historia sinóptica del partido es un breve pero importante ensayo de Arnoldo Martínez Verdugo: PCM trayectoria y perspectivas. México, 1971. Las otras obras son: Mario Gill: México y la Revolución de Octubre. 1975; Raquel Tibol ed.: Julio Antonio Mella en "El Machete" (México, 68); Valentín Campa: Mi testimonio: Memorias de un comunista mexicano (México, 1978); Elías Barrios: El escuadrón de hierro (México 1980); Marcela de Neymet: Cronología del Partido Comunista Mexicano. Primera Parte, 1919-1939 (México, 1981). El único esfuerzo sustancial para recobrar la historia del PCM fue el informe sobre las luchas internas de los años cuarenta publicado en 1957 como parte de la lucha por la renovación de la moribunda organización del partido y por la reunificación del PCM y el POC: La lucha interna en el partido durante los años de 1939-1948 (México, 1957).
(3) Conviene recordar los problemas de idioma que enfrentaba el PCM en sus primeros años. Era muy dependiente de sus pocos miembros (Manuel Díaz Ramírez, José C. Valadés) que podían leer inglés y francés. Había también problemas para obtener los documentos básicos de la Comintern. Según Rafael Carrillo, entonces dirigente de la juventud comunista, sólo hasta que viajó a Moscú en 1923 pudo tener acceso a las importantes Tesis sobre la cuestión colonial difundidas en el Segundo Congreso de la Tercera Internacional en 1920.
(4) Boris Goldenberg: Kommunismus in Lateinamerika (Berlín, 1971, p. 68); Jean Meyer: Historia de la Revolución Mexicana. Período 1924, vol; Estado y sociedad con Calles (México, 1977, p. 45); E.J. Hobsbawn: Revolutionaries (Londres, 1973. p. 3).
(5) La política del PCM durante la guerra y el éxodo masivo de sus miembros en 1943 y 1948 debilitaron enormente su fuerza. La situación contrasta notablemente con lo sucedido en la mayor parte de los países europeos occidentales donde el movimiento comunista emergió de la guerra con una membrecía incrementada y considerable prestigio.
(6) Gerardo Unzueta: "Requiem para un sarcófago. Notas sobre la ideología burguesa de la Revolución Mexicana", Nueva época, año VII, no. 2, febrero de 1969. Un decisivo rechazo a la noción de un México semicolonial, puede hallarse en Nuevo programa para la nueva revolución (México, 1973) probablemente el documento más revelador del "giro a la izquierda" del XVI Congreso el PCM.
(7) Las fuentes sobre la membrecía son como sigue: Para 1922: U.S. State Departament. Records on the Internal Affaires of México, 812. 00B/195. Informe sobre credenciales del Cuarto Congreso de la Comintern, abril de 1925. Y M. Terrazas y F. Cortés: A todos los miembros, a todos los comunistas marginados o no y a todos los organismos del PC en el país (México, 1973, p. 17). Para 1927 y julio de 1929; Ibid.; para 1934 y 1936. El Machete, 26 de junio de 1936; para 1937, Marcela de Neymet, Cronología, op. cit., p. 135; para 1838; El Machete, 10 de junio de 1938; para el 15 de enero de 1939, La voz de México de esa fecha; para el 28 de enero de 1939, La voz de México del 6 de marzo de 1939; para 1944, La voz de México del 18 de marzo de 1945, Sección Especial de XXI Aniversario. Discurso de Blas Manrique. Para 1945, Ibid.; para 1947: X Congreso del Partido Comunista. Por un partido de 50,000; para 1960, Schmitt: Communism in México. A Study in Frustration (Austin, 1965), p. 37; para 1974: Arturo Martínez Nateras, Punto y seguido. ¿Crisis en el PCM? (México, 1980); para 1981, Informe de Arnoldo Martínez Verdugo XIX Congreso.
(8) La caída de la membrecía del partido está tomada de las siguientes fuentes. Los datos para las cifras de junio de 1938 y 15 de enero de 1939, de Márquez Fuentes y Rodríguez Araujo: El Partido Comunista Mexicano, (México, 1973), p. 296. Para el 28 de enero de 1939, La voz de México, 6 de marzo de 1939; para 1947, X Congreso, op. cit.
(9) Las cifras de circulación de El Machete fueron publicadas por El Machete el 17 de marzo de 1928. Las cifras de membrecía para diciembre de 1939 aparecieron en La voz de México del 17 de diciembre de ese año.
(10) El Machete imprimía unos doce mil ejemplares por número hacia mediados de 1928, cifra más de diez veces mayor que la membrecía total del partido. La prensa del partido fue con frecuencia el mejor agente reclutador de la organización. Una versión detallada del impacto que hacía la lectura de El Machete y La voz de México entre futuros militantes, en los relatos de Graciano Benítez y Valentín Cuayahuil: Oposición, 20 de septiembre de 1975 y La voz de México, 27 de noviembre de 1966.